Los seres humanos aspiran a la perfección, siempre. Esto se debe a que se sabe a sí mismo imperfecto. Buscamos, de la mejor manera, siempre sobrepasar los límites. Creamos concursos, queremos batir récords; competimos contra la naturaleza e, incluso, ponemos a la misma a competir contra sí misma. Pero, desafortunadamente, la única competencia, que jamás ganaremos, la enfrentamos con el tiempo. El tiempo: ese «ente-ser» subjetivo que nos ahoga cada día con su voz de despertador. El tiempo: el marchitar de los momentos en los ciclos diurnos y nocturnos. El tiempo: es el que pasa mientras tú regalas «likes» —nos damos el lujo de rechazarnos los unos a los otros—; mientras ves videos o películas; mientras inventamos maneras de incluir y clasificar a los que se creen «diferentes»; mientras te reproduces; mientras te cortas las uñas; mientras lavas los trastes; mientras te bañas o peinas… mientras defecas —física y verbal—; ¿cuánto tiempo has perdido de alguna de estas formas?
Sin embargo, decidimos no prestarle atención. Corremos siempre en contra de lo perfecto: los ciclos naturales de la vida misma. Siempre queremos ser salmones que nadan en contra de la corriente que lleva a la muerte; huimos de ella, como si nos fuera ajeno, como si no la mereciéramos. Y la ocultamos y nos ocultamos de ella; nos ocultamos lo que no queremos saber —y he aquí una de nuestras grandes creaciones: la mentira—, nos engañamos a nosotros mismos, pensando que el entretenernos —el hacer de nuestra vida, una vida «útil»— va a darle un mayor significado al cúmulo de elementos químicos que nos conforman.
¿Cuántas partes de ti se van por la coladera, cada mañana al bañarte?, ¿cuántos cabellos?, ¿cuántas partículas de piel muerta dejas en la cama, en el grifo, en la ropa; en el jabón mismo que te libra de esa microscópica porción de muerte que de ti pende, como residuo de una noche de copas? No lo tomas en cuenta, ¿cierto? Claro que no —no te mientas—, no te preocupes, no tiene nada de malo, «eso ¿qué?». Y, precisamente por eso, es que hemos decidido elevarnos a un estatus tan alto que, pensamos, ni la misma contraparte de la vida nos merece —o eso queremos creer; de nuevo la mentira—. Mírate al espejo, ¿puedes contar las canas y arrugas que ahora pueblan tu rostro?, ¿puedes? o prefieres arrancarlas y teñirlas; ponerles crema anti ¿qué?, ¿anti tiempo?...
Creamos música, creamos literatura, teatro, pintura, monolitos de piedra; creamos problemas y su forma de resolverlos; creamos juicios y nos enajenamos y ensañamos en los que son diferentes y criticamos sus defectos e ignorancia —a veces vemos hacia abajo y decimos: pobres o débiles. A veces vemos hacia arriba y decimos: opresores o llenos de poder—, criticamos, criticamos y criticamos, con y sin conocimiento; creamos basura y creamos formas para reciclar; vivimos en constante contradicción: la paradoja de ser humano. Creamos y destruimos por el mero hecho de que nos aburrimos; y nos aburrimos de esperar ese último instante, el último aliento, el último parpadeo, ¿un último beso? ¡Claro! Nos autoproclamamos seres supremos, soberanos del planeta entero; colocados a la cabeza de la cadena alimentaria.
Bien dicen que el camino —la obsesión— a la perfección lleva siempre a un sólo final: la autodestrucción. Buscamos ser perfectos porque nos aburrimos, e inconscientemente, siempre caminamos a la misma dirección. Matar el tiempo o «aprovechar» el tiempo, son ambas caras de la misma moneda. Pero hay una verdad absoluta —el saber más que otros, tu ideología política-social, tus preferencias sexuales, religiosas; no importa si eres un vago o un multimillonario; no importa si eres artista u oficinista—, quieras o no pensar en ello: el ser humano se acerca cada vez más a su perfección. Y, detrás del telón, está bien el buscar ser seres perfectos, después de todo ¿qué vamos a hacer mientras esperamos?