Solo de decepciones está hecho el hombre; los fracasos son su temple; le forma el carácter; el infortunio y las calamidades le son eterna compañía; mar de emociones muertas, ahogadas en la hiel de la derrota…
El hombre que camina hacia la iluminación, debe concebirse a sí mismo como un perdedor: No hay héroe sin tragedia.
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Gente a la que le causas curiosidad: te miran para ver si los estás viendo. Su mirar es tan incómodo —penetrante—, tan poderoso, que atraen tu vista hacia ellos; los ojos hacen contacto, los corazones se detienen, los parpadeos se sincronizan, el cerebro se acciona, pero antes de darnos cuenta de lo que sucede —no sabemos sus intenciones—, su mirar, con un parpadeo, se desconecta de forma súbita de la «sincronicidad» —secreto— del que ambos eran parte; algo que pudo haber sido una conversación sublime, una nueva amistad o un nuevo enemigo, se ve saboteado por la intriga, ahora abandonada.
Después de todo, te quedas quedas hundido, hasta en cuello, en decepción o en diarrea mental, ¿por qué no? Esa «curiosidad», no va más allá del saber —por su vista— si los estabas mirando; y a nosotros, los observados, nos dejan vacíos hasta el tuétano.