Ayer te esperaba. No llegaste. Me pregunto ¿por qué? Todos los días, desde hace meses, mi intuición me obliga a mirarte -aunque esté de espaldas, te siento-, busco tus ojos y tú los distraes a propósito, ¿tímida?, o simple: no existo para ti.
Ayer te esperaba con ansia. Imaginaba que ibas a estar, casi como siempre, sola y sin hacer ruido. Me llenaría de valor y me acercaría a ti a hacerte compañía.
La curiosidad me devora por dentro, lo siento.
Recree la imagen, mi acción, cientos de veces en mi cabeza: sabía que me pondría nervioso, tartamudearía. Un gran cauce de palabras: borbotones de sílabas que se traban en la punta de la lengua y se confunden con saliva; la presa dental detiene a tajos mi certeza. Comenzaría a sentir mi sangre correr por las mejillas y, finalmente más nervioso que al comienzo, todo comenzaría a fluir…
No llegaste. Debí hacerle caso a esa voz no a la otra, sino a ESA, esa voz que ensordeció a las otras y clamaba atención: «La conoces; la sientes; bien lo sabes: no asistirá».
Los veía bailar y beber… La mirada no paraba de buscarte en todos los rostros vacíos, huecos, iluminados y absorbidos por sus rectángulos: filtro de la realidad, embudo de ojo de cíclope. Perdidos, siempre, en la historia de su individualidad. Esos rostros grises, inexpresivos y casi muertos, se sonreían entre sí: ninguno era sincero. Siempre me siento como un fantasma cuando camino entre ellos, alguien les ató los ojos con la tela más densa: el ego... Tuve esperanzas de que, en cualquier momento, aparecerías e ipso facto todas esas perlas de utilería se verían opacadas ante tu esplendor. La música saturaba el salón, me ahogaba, y solo me quedé para esperarte…
Ese día, como todas las otras noches, regresé solo a casa.
Una vez alguien me preguntó: «es muy triste regresar solo a tu hogar, ¿no lo crees? ». Yo no creo que el estar triste sea sinónimo de soledad. Ese día, en la fiesta, estaba rodeado por toda la compañía y, aún así, me sentí solo. Estaba solo. La soledad y la tristeza, para mí, son dos cosas que se deben de disfrutar de igual forma en la que saboreamos una taza con nuestro café favorito; son estados del alma, etapas que nos completan, que nos retuercen las entrañas con fuerza para demostrarnos -eso sí, no deja de ser un tanto cruel- que estamos vivos y que somos capaces de sentir todo el espectro luminoso que hay en el interior. Feliz, triste… la misma moneda, ¿cuál cara ver? La soledad permite estar con uno mismo; te permite la contemplación y el sentir; te concede el don y la virtud de ser paciente, y de la reflexión; te brinda la oportunidad de estar con tu verdadero ser. La tristeza: hechicera que vierte su poder directo en los párpados: nos distorsiona y nos vuelve vulnerables; nos desangra por dentro sin la necesidad de abrirnos por la mitad; porque es en la tristeza donde se lee la verdad de quiénes somos. Yo temo a todo aquel que no ha estado triste o que evita estarlo; a todo aquel que dice no haber probado una sola gota de su miel, ni de aquel que no ha saboreado la sal de sus propias lágrimas... quien diga lo contrario, te está mintiendo.
Ayer te esperaba con ansia. Imaginaba que ibas a estar, casi como siempre, sola y sin hacer ruido. Me llenaría de valor y me acercaría a ti a hacerte compañía.
La curiosidad me devora por dentro, lo siento.
Recree la imagen, mi acción, cientos de veces en mi cabeza: sabía que me pondría nervioso, tartamudearía. Un gran cauce de palabras: borbotones de sílabas que se traban en la punta de la lengua y se confunden con saliva; la presa dental detiene a tajos mi certeza. Comenzaría a sentir mi sangre correr por las mejillas y, finalmente más nervioso que al comienzo, todo comenzaría a fluir…
No llegaste. Debí hacerle caso a esa voz no a la otra, sino a ESA, esa voz que ensordeció a las otras y clamaba atención: «La conoces; la sientes; bien lo sabes: no asistirá».
Los veía bailar y beber… La mirada no paraba de buscarte en todos los rostros vacíos, huecos, iluminados y absorbidos por sus rectángulos: filtro de la realidad, embudo de ojo de cíclope. Perdidos, siempre, en la historia de su individualidad. Esos rostros grises, inexpresivos y casi muertos, se sonreían entre sí: ninguno era sincero. Siempre me siento como un fantasma cuando camino entre ellos, alguien les ató los ojos con la tela más densa: el ego... Tuve esperanzas de que, en cualquier momento, aparecerías e ipso facto todas esas perlas de utilería se verían opacadas ante tu esplendor. La música saturaba el salón, me ahogaba, y solo me quedé para esperarte…
Ese día, como todas las otras noches, regresé solo a casa.
Una vez alguien me preguntó: «es muy triste regresar solo a tu hogar, ¿no lo crees? ». Yo no creo que el estar triste sea sinónimo de soledad. Ese día, en la fiesta, estaba rodeado por toda la compañía y, aún así, me sentí solo. Estaba solo. La soledad y la tristeza, para mí, son dos cosas que se deben de disfrutar de igual forma en la que saboreamos una taza con nuestro café favorito; son estados del alma, etapas que nos completan, que nos retuercen las entrañas con fuerza para demostrarnos -eso sí, no deja de ser un tanto cruel- que estamos vivos y que somos capaces de sentir todo el espectro luminoso que hay en el interior. Feliz, triste… la misma moneda, ¿cuál cara ver? La soledad permite estar con uno mismo; te permite la contemplación y el sentir; te concede el don y la virtud de ser paciente, y de la reflexión; te brinda la oportunidad de estar con tu verdadero ser. La tristeza: hechicera que vierte su poder directo en los párpados: nos distorsiona y nos vuelve vulnerables; nos desangra por dentro sin la necesidad de abrirnos por la mitad; porque es en la tristeza donde se lee la verdad de quiénes somos. Yo temo a todo aquel que no ha estado triste o que evita estarlo; a todo aquel que dice no haber probado una sola gota de su miel, ni de aquel que no ha saboreado la sal de sus propias lágrimas... quien diga lo contrario, te está mintiendo.
Tres días seguidos -sí, fueron tres-, necesité para desenterrar, de entre todos mis escombros sentimentales, el valor para acercarme a ti. Y sí, lo encontré, muy en el fondo, asediado de aquellos residuos oxidados, llenos de lodo, podridos; esa chispa seguía brillando en el interior: un fuego fatuo de mis ecos pasados. Así que tomé el poco valor que me quedaba y me vestí en él.
Ya todas las voces saben lo que les cuento de ti: todas las historias que inventé en el trayecto de regreso a casa. Todo lo saben, no lo puedo ocultar. Cuando les hablo de ti, siento que vuelvo a esa edad, en la que aún sentía mariposas, antes de que me volviera una cueva habitada de alimañas. Ese fueguecito seguía por ahí resguardando, ahora, mis oquedades sentimentales; me hallé sorprendido al saber que esos espacios seguían existiendo todo este tiempo. En tres décadas los derrumbes internos son frecuentes, más frecuentes de lo que uno desearía.
Me sorprendí de que, con tu mirada tan fugaz, fuese posible iluminar este pozo sin fondo. El cobarde de mí pensó que la mejor opción, para acercarme a ti, era enviar una carta -anónima, por supuesto-, en la que me revelaría como tu admirador secreto y te propondría una cita a ciegas: «Te espero en tal lugar, a tal hora, iré vestido de tal manera: tu ‘admirador secreto’.» «¡CO-BAR-DE!» me dije. Era obvio: No llegarías. ¿A quién se le ocurre, hoy en día, mandar ese tipo de invitaciones físicas tan románticas, tan anticuadas?: A mí, solo a mí (y a uno que otro despistado y loco por ahí). «Ya no vives en el 2002»…
Ya todas las voces saben lo que les cuento de ti: todas las historias que inventé en el trayecto de regreso a casa. Todo lo saben, no lo puedo ocultar. Cuando les hablo de ti, siento que vuelvo a esa edad, en la que aún sentía mariposas, antes de que me volviera una cueva habitada de alimañas. Ese fueguecito seguía por ahí resguardando, ahora, mis oquedades sentimentales; me hallé sorprendido al saber que esos espacios seguían existiendo todo este tiempo. En tres décadas los derrumbes internos son frecuentes, más frecuentes de lo que uno desearía.
Me sorprendí de que, con tu mirada tan fugaz, fuese posible iluminar este pozo sin fondo. El cobarde de mí pensó que la mejor opción, para acercarme a ti, era enviar una carta -anónima, por supuesto-, en la que me revelaría como tu admirador secreto y te propondría una cita a ciegas: «Te espero en tal lugar, a tal hora, iré vestido de tal manera: tu ‘admirador secreto’.» «¡CO-BAR-DE!» me dije. Era obvio: No llegarías. ¿A quién se le ocurre, hoy en día, mandar ese tipo de invitaciones físicas tan románticas, tan anticuadas?: A mí, solo a mí (y a uno que otro despistado y loco por ahí). «Ya no vives en el 2002»…
Me recosté en la cama y el sueño ya había partido sin mí: me quedé por horas dando vueltas, repasando todas las posibilidades de cómo acercarme sin que pudiera parecer un acosador. ¡Uh! lo sé, lo sé, tengo la mirada un poco pesada… Deseo saber quién eres tú fuera de tu forma digital... Y el reloj seguía con sus intentos vanos de arrullarme.
No sé en qué momento me quedé dormido, o eso parecía, pero la idea jamás me abandonó: «¿Quisieras… podrías… te gustaría…?». ¿Cuál sería la mejor forma de comenzar esa frase que lo determinaría todo? Bueno, un «hola» tendría que ser lo primero… También pasó por mi cabeza la sórdida idea: «no estoy interesada en conocer gente nueva». Pero serían demasiadas palabras para tu costumbre, eso y toda la especie de respuestas posibles, y que seguramente hubieras podido resumir -y esconder- detrás de un simple: «NO». Sí, con mayúsculas, porque no hay otra forma de denotar la forma tan tajante y determinada que sonaría esa palabra a través de tus labios (el poder de la gente monosilábica). Y el «NO» me llevó de la mano al amanecer.
«Hoy será el día», me decía en cada parpadeo. «Hoy será el día».
Aquí, en mi bolsillo izquierdo, tengo reunido todo el valor que me queda y, apretujadas en mi puño, tengo unas cuantas palabras sin orden específico. No tengo idea de lo que saldrá, pero son para ti. Son para esas pupilas fugaces que me ven desde la oscuridad y que siempre me encuentran de espaldas. Son tus ecos que me llaman en murmullos y que me hacen mirarte sin ser nombrado. Para esas pupilas distraídas, que me miran y no me miran. Esto soy yo, rodeado de ratas y lobos, en caracteres contrastantes; soy yo en papel, listo para ser hecho trizas. He aquí los secretos para esas pupilas fugaces que me verán y escucharán tartamudear.
Esto soy yo hecho verbo… serás tú, quizá, con un monosílabo: «SÍ».
Desde ahora: gracias.