Tu aroma, impregnado en mis ropas, brota espontáneo hacia mi nariz —ya te extraña.
Tu piel —envidia de la perla—, tan tersa, no hay objeto existente que se le compare. Y te toqué. Esos escasos centímetros de ti, que me permitiste saborear, los llevo fundidos en la yema de los dedos; y me dijiste que toda eras así. Pero, lo que no sabes, o sí, es que, a pesar de haber rozado tan solo el dorso de tu pálida mano, pude recorrer hasta el último recoveco de tu ser. Estuve allí, y en todas partes. Fuiste mía una vez más.
Ansiaba el tacto de tu piel, ¡oh, blanca! Mi delirio es.
Y me quedé en ti. Esa noche me volví luz, y llegué hasta donde mis manos deseaban estar...