Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la cena. Estaba seguro de que la había olvidado en alguna parte dentro del refrigerador; quizá y estaría debajo de las cajas de pizza, pudriéndose junto con las rebanadas sobrantes de hace meses o en el congelador, junto con el helado que mi hijo jamás se comió: creo está ahí desde navidad. Tal vez está en la basura orgánica, que no he tirado en semanas, haciendo amistad con cadáveres de brócoli y corazones de manzana y pera. Pero no, la cena no está ahí. Arriba del refri hay una bolsa con pan de caja... enlamado.
Ya vencido, opto por vaciar en un plato las boronas del cereal de aros de colores. Abro el refrigerador y tomo de allí la caja de leche. Destapo el cartón y lo vacío de un sólo golpe sobre el cereal: sólo caen trozos cuajados y pútridos. Su olor nauseabundo inunda mis pulmones y mi estómago termina por llenar el restante del plato... La cena está servida. Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la esperanza pero ella se fue por la alcantarilla cuando corrí al lavabo a enjuagarme las lágrimas...