El beso



El atardecer era perfecto, no pudo haber sido de otra manera. Las aves cantaban; las nubes y el cielo fulguraban en radiantes tonos naranjas y rojos escarlata. La brizna veraniega era tersa y con su suavidad parecía que, en secreto, me impulsaba poco a poco a tomarla entre mis brazos. E hice caso de del secreto del viento. La tomé y la rodeé con mis brazos y el abrazo congeló el tiempo. Nuestras respiraciones se sincronizaron en un largo suspiro; los latidos de nuestros corazones se engarzaron en un vaivén rítmico sublime y místico, que cualquier melómano se habría enamorado de tan sólo mirarnos. Estábamos consumando, en aquel parque, en donde el día moría excepto nosotros, nuestro amor.
Todas las películas románticas nos acompañan de la mano hasta este preciso instante. ¡Todos sabemos qué es lo que sigue después! No necesito dilatarme más en contarles qué fue lo que pasó, así que: al fin.
¡La besé! Y en el último suspiro, de este agónico acto, su lengua rozó mis labios y su hipnotizante aroma a cebolla me dejó perdidamente enamorado...