La silla

La idea de la visita del pasado me llena de horror. Me hace presa de sus memorias y me funde con el olvido. Sin embargo, siempre vuelve y no puedo evitarlo. Me obliga a mirarle, a escucharle y sentirle. ¿Qué le sucede?, ¿qué se cree? ¡¿Cree que puede regresar, después de casi tres lustros, a desenterrar lo que ya estaba más que petrificado!?
      Seguro eso es lo que sienten —un horror inenarrable— todos los que nacen por cesárea:¡Imaginen que los toman por cuello, los bautizan en sangre, y los apartan del lugar más calentito y cómodo en el que han estado jamás! Y, de repente, los madrean con la realidad... los obligan a abrir los ojos y a respirar y a comer y a cagar en un pañal de plástico con el culo sudado. Y ser entregados a manos ajenas a las de su madre para recibir su primera manoseada de la vida. ¡No teníamos la obligación de hacerlo!... ¿Qué sentirían los muertos si los reanimasen directamente del polvo? 
          Bueno, pues así es mi situación con el pasado. ¿Con qué derecho vienen y me desentierran del presente y me transportan en un túnel exprés a la perdición? No es mi culpa que ellos se hayan quedado atrapados en el tiempo. No es mi culpa que estén empolvados. ¡No es mi culpa, ni siquiera, de que ellos sigan existiendo!
       No lo(s) soporto más y, por obvias razones, ahora mismo, me encuentro con un nudo en la garganta. Mi pie no tardará en resbalar.