Pero ni la cuerda te soporta y se rompe. ¡Claro, ¿qué esperabas de un mecate podrido?! Ni en algo tan insignificante puedes acertar. No lleva meses sino años ahí arriba en la azotea y tú ¿esperas que cargue con el peso de tus culpas, de tus fracasos? Le pides demasiado a la podredumbre.
Y ahí te encuentras, tirado en medio del cuarto, inconsciente. Te has golpeado tan fuerte la cabeza que, al despertar, la realidad te premiará con un dolor de cabeza insoportable; tan fuerte que te enfadarás contigo mismo por tu ineptitud y, si despiertas, lo volverás a intentar.
Inconsciente, soñabas con aquellos días en los que tu padre te llevaba al parque a jugar pelota o cuando él te columpiaba tan fuerte y tan alto que tu madre siempre terminaba pálida del susto. Siempre gritabas «¡Más fuerte, papá, más fuerte!». A tu padre le emocionaba ese grito lleno de euforia, se revitalizaba y empujaba con más fuerza, y tú reías y reías. Uno de esos días, con la adrenalina inyectada en las venas, tu padre se excedió tan solo un poquito; señalaste un avión y, con la inercia, saliste volando junto con él. Tu cara fue a dar directo con las piedras de tezontle. Ese día terminaste con un chichón del tamaño de una naranja y con color del higo más maduro que se pudiese encontrar. ¡Sí!, justo como el que ya te has ganado ahorita. Y vuelves a viajar en el tiempo, tendrías ya unos nueve o diez años, y recordaste aquellos días cuando jugabas al fútbol con los niños de la cuadra. Como un relámpago te inunda el recuerdo de aquel penalti que, por cierto, fallaste… le diste al balón con tanta fuerza que tu pie siguió subiendo, junto con el balón, y no se detuvo hasta que tu cabeza dio con el suelo. Tú sólo escuchaste como si hubieran tirado una roca a la pared, seguido de un “¡crack!” y, de repente, nada. Todo fue oscuridad…
Todo lo que te rodea es oscuridad. Has estado inconsciente más de cinco horas, o ¿durante toda tu vida? Las moscas comienzan a pulular por toda la casa. Seguramente alguien te va a encontrar o no… hoy venía tu hijo a visitarte o ¿no? ¿Cómo le vas a explicar que has perdido el empleo, la casa...? ¿Cómo le vas a explicar que mamá se ha “ido de casa”... o no? ¿Estás seguro que escondiste bien el cuerpo? ¿Estás seguro de que…? Las moscas comienzan a caminar por tu cara y se te meten a la boca, pero tú no lo notas, aún...
¡Mira, la luz de la sala rompe con el silencio de la oscuridad!:
—¡Hijo, hijo! ¿¡Estás bien!? ¡Prometo ya no columpiarte tan fuerte la próxima vez!