«¿Pero qué cosa es lo que acabo de ver?», es la pregunta que no deja de atacar a mi pobre y cansada mente. Aún y cuando ya han pasado días de haber presenciado la nueva ficción (/puesta en escena) de Nora Coss. Y es que, como le dije al terminar de ver la presentación: «Creo que la catarsis va a tardar en llegar... ¡No sé ni qué decir! He reído muchísimo, pero la forma en que dices las cosas…», sí, la forma en que manejó todo fue sublime. No encuentro otra mejor palabra que se adecue al sentimiento que me hizo presa esa noche. Y, al menos en mí, ya se convirtió en un factor frecuente al presenciar su trabajo.
No pretendo desenmarañar su obra tratando de ponerle pies y cabeza o un orden «coherente» a lo que ví, ya que no lo necesita. Por algo el autor que escribe esta ficción lanza la clara y amenazante advertencia: «RESPETEN MI FICCIÓN». Y así lo haré. Aunque he de mencionar que entre más le doy vueltas, más me siento inmerso en ella; más me siento parte de esa «gran ficción», o parte de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción...
Automáticamente te engancha y te hace prestar atención a cada mínimo detalle. Al estar allí sentado, en el centro del foro, mirando y tratando de comprender qué cosa era lo que estaban haciendo los actores, me embargó el sentimiento de que iba a ser testigo de algo «fuera de serie»... de algo de «teatro contemporáneo». Estas etiquetas le vendrían bien si «Seudónimos y Seudomuertos» fuese cualquier obra de teatro dentro de un cierto canon, pero no lo es, no para mí.
«Seudónimos y Seudomuertos» es una obra que te sacude y destroza las entrañas, te engaña y se burla de lo que estás sintiendo: De repente me sentía comprendido, acompañado en el duro viaje del escritor; luego, volvía a ser sacudido por los golpes de realidad, tan, pero tan cruda que, a decir verdad, los sentimientos se me hacían bolas en el estómago y se me escapaban por los ojos, o a carcajadas descontroladas; podías ver la luz del barco salvavidas en el inmenso océano del existencialismo y de la nada me regresaba al vació que me hacía dudar acerca de todo lo que había creído que estaba bien pensar.
Estaba jugando conmigo, con todos. ¿Verdad?, ¿qué habría sentido al ver mis ojos cristalizados por la sorpresa y desconcierto con el que me fui a dormir? El efecto que causa es entrañable y llegó a niveles tan descomunales que logró, simultáneamente, que me sintiera conmovido por la desgracia de un niño desamparado y estallara de risa al escuchar una leve tos…
Ya, no sé qué más pensar. Creo que tengo que mirar la obra de nuevo, para ayudar a que la catarsis no tarde tanto en aparecer... Estoy seguro de que quien vea «Seudónimos y Seudomuertos» quedará igual de revuelto que yo, este es el efecto sublime del que hablo y del que Nora quería que bebiésemos; el efecto que tanto me hacía falta. Sí, éste es el efecto ¡sí, sí!, así es el teatro, ¡El Verdadero Teatro del Absurdo!
Gracias, Nora.
Gracias, Nora.