Yo no entiendo la muda apuesta que hace el destino:
sólo escucho la vida que pasa contenta a mi espalda.
Soy veneno en el pecho;
el veneno de un ser invisible que revive la herida,
que lame las gotas de hiel de sus ojos ausentes;
que vive si se funde en la nada.
Y si acaso dijera que frío tu ser me sofoca
en la muda tristeza del alba.
Qué de recuerdos brotaban sin tregua;
y el árbol que a tiempo ve caer un cuerpo a sus pies…
Ah, la alegre mirada que se calla en la noche y perece en un llanto:
cuando se llena el cielo nublado de auroras,
cuando se llenan los cielos del hielo que permiten esta oscura tristeza.
Y si acaso pregunto ¿qué otra ha tomado mis sueños?
quién, entre todos, diría que esa dama es la fuente
de un sueño que puebla de fantasmas la noche.
Me da el miedo en los ojos,
me da el eco en la muerte;
me da en toda la vida el sabor de la tierra de tu lapidario.
Sólo quiero arrancarte y fundirte en la sombra,
por temor de avivar ese clima de llamas; y morirme distante.
Ah, el temor que aparece
encarnado en la niebla…
(Ejercicio de ritmo, basado en otro poema)