Existen cierto tipo de voces que murmuran en lo más profundo de la mente; voces que no logran ser liberadas, ni silenciadas; que no se van, aún y cuando se encuentren a tres metros bajo tierra… ecos, de personas aún vivas, ecos, que provienen de la nada misma. Por las noches nos impiden conciliar el sueño; y si, cual milagro, nos quedamos dormidos, por el agotamiento avasallante, transforman lo que soñamos y no nos dejan más que pesadillas —según al tipo de voces que decidamos prestar atención—, y nos obligan a levantarnos, en medio de la noche, para ser apaciguadas; son las mismas voces que, también de día, distorsionan lo que vemos y creemos… nos siguen sin descanso.
Las voces, que a veces gritan y a veces murmuran, que a veces es una y a veces centenares, me conducen a lo onírico, a lo que no comprendo; sólo cuando son traducidas a nuestro lenguaje adquieren sentido en nuestro mundo, infectan nuestra realidad con la suya; ellas nos acercan cada vez más a la comprensión de la neblina oscura que reside en el fondo de nuestra mente. Cuando hablan, revelan todo lo que odiamos, y lo que amamos muy en el fondo de nuestro ser; también revelan lo que queremos ocultar a los demás, no queremos que sepan de lo que somos capaces: nuestras filias. O dejan al descubierto todas las fobias: no queremos que despierten a “ese” ser, o a “eso” que más nos aterra, y que aún duerme en nuestro interior. No queremos abrir esa puerta.
Al final, las voces, habiendo logrado su cometido, van guardando silencio; siempre es por tiempo indefinido.
—No sé cuándo volverán a visitarme…
Dicen que las voces se propagan, como un virus en un estornudo, buscan siempre nuevos huéspedes en donde alojarse; anidan, hurgan y se reproducen en la mente de los nuevos inquilinos, que ya han sido contagiados, y no se van hasta que los han dejado vacíos y podridos; nos dejan con las incógnitas: lo que hemos leído ¿es una historia más?, eso ¿es real?... una vez cambiada la página no hay vuelta atrás.
Bueno, y, a todo esto, ¿cuál es su medio de transmisión? —te preguntarás—: son las letras. ¡Estas malditas letras, de las que ahora te hago entrega!…
Dulces sueños.