Juego de niños

Hace veinticuatro años que ocurrió: tenía seis años de edad. Recuerdo que odiaba mi segundo nombre, y me enfrentaba a uno de los hechos más importantes (a mi escasa edad), que me habían marcado de por vida: mi primer mudanza. El motivo de dicho evento era, si hurgo con profundidad en los recuerdos, que teníamos que dejar el terreno libre donde vivíamos para que llevaran a cabo la construcción de nuestro nuevo hogar. Para ello, mis padres (mi padre), habían decidido que lo mejor era mudarnos a Ciudad Neza. Cosa que aún me sigue pareciendo absurdo, ¿por qué no buscar un lugar cerca de la antigua casa, en la misma colonia o delegación? Así, mi hermana y yo, podríamos conservar a nuestros viejos amigos y nos resultaría menos traumatico para los dos. Jamás lo pregunté, dimos el asunto por sentado. Si preguntaba, quizá, mi padre me diría que son preguntas pueriles y que “se hace lo que él diga”. Ahí tendríamos por vecino a uno de los hermanos de mamá. 
     No recuerdo muchos detalles del cómo se realizó la mudanza, lo que sí recuerdo es la tristeza que sentí al saber que ya no vería a mis amigos de primaria, que apenas conocía, pues acababa de ingresar; y la alegría que me dio al saber que tampoco volvería a ver a la maestra que nos golpeaba, con una regla de madera, en la punta de los dedos, cuando alguien del salón llegaba a portarse mal o desobedecerla; de vez en cuando nos aventaba gises en la cabeza si uno se perdía en el paisaje que se dibujaba a través de las ventanas con barrotes. Después de todo, creo que no fue tan malo el habernos ido de ahí... el gis nos regresaba de inmediato al salón de clases. 
     La nueva escuela, la casa a la que habíamos llegado, así como el vecindario, no eran lo que uno podría pensar como “la mejor opción”, al menos no para un niño que apenas sabe el valor de las cosas, pero funcionaba muy bien como refugio temporal. Mi mente, en ese momento de mi vida, sólo estaba preocupada por jugar y por encontrar a alguien con quien poder hacerlo. Y así fue: muy rápido nos adaptamos a este nuevo cambio, hicimos nuevos amigos, los maestros en la nueva escuela no me pegaban, y los días transcurrían tan normales como antes; ahí vivimos durante unos seis meses.
     Uno de esos días, después de la escuela, fui a las tortillas con Miguel, mi nuevo mejor amigo. Siempre compartimos todo: íbamos a la tienda juntos, jugábamos pelota, luchábamos como nuestros superhéroes favoritos y hacíamos “carreritas” con los hot wheels, todo sobre la carretera dibujada en la banqueta; tiempo después descubriría que me robaba los juguetes. En el transcurso acordamos jugar con las pistolas de agua que recién habíamos adquirido con el cambio que nos había sobrado del mandado.
     Llegamos a casa, entregamos las cosas, y corrimos hacia la llave del agua; llenamos y vaciamos las pistolas con tanta felicidad, como si fuese la última vez que jugábamos con ellas.
     A lo lejos, se escuchó el eco de una voz amplificada que anunciaba la llegada del señor que vendía cloro. No recuerdo su nombre, jamás lo supe. Al escuchar que se acercaba, también noté el grito de mi madre que me pedía que regresara a casa. Fui corriendo, lo más rápido que pude. Mi madre, pidió que llenara su botella de cloro, porque ya no tenía con qué lavar la ropa blanca. Y así lo hice. 
     Mientras el señor, al otro lado de la calle, rellenaba las botellas vacías de las demás vecinas, y mientras esperaba mi turno para ser atendido, retomé mi juego con Miguel —que también esperaba a que se vaciara la fila—; esta vez, noté que él se reía un poco diferente, como si planease una nueva travesura, no le dí importancia y comencé a disparar en su dirección. Miguel respondió a mis ataques dando en el blanco: mi rostro. Su travesura había sido perpetrada: llenó la pistola con el cloro sobrante de las botellas, o eso me hizo creer, no lo sé, algo en mí, me dijo que no era agua lo que contenía su pistola. Uno de los disparos había golpeado directamente mi ojo derecho, y un ardor insoportable comenzó a punzar en él. Solté la botella y la pistola, me llevé las manos a la cara, tallé mi ojos y traté, en vano, de aclarar mi vista. En un momento de desesperación, me giré en dirección a casa y, entre gritos y dolor, corrí. A mis gritos se le sumaron los gritos de las vecinas: “¡Cuidado!, ¡cuidado! ¡Te van a...!”. Todo para mí, en ese momento, se tornó oscuridad... 
     A lo lejos escuchaba cómo le llamaban a mi madre: “¡Laura, Laura!...¡Lo atropellaron, Laura!... ¡Un camión venía muy rápido y él no se fijó!...”. Y como un eco en su último momento de vida, escuché la angustia de mi madre: su lamento desgarraba el crepúsculo. 
Todos corrieron hacia el taxi donde el impacto me había botado y formaron círculo alrededor. Todos comentaban: “Miguel no tuvo la culpa… Él no la tuvo”. 
   Pude abrir uno de mis ojos, aunque mi visión un tanto borrosa, por la sangre que escurría a borbotones de mi cabeza y que se mezclaba con las lágrimas, ya sin dolor, y entre la gente, vi por última vez el rostro de mi madre…