Mateo y Aurora

Te levantas del letargo; poco a poco la conciencia de tu ser vuelve y  te invade, de forma súbita, tu cuerpo. Frotas, con tus manos en puño, tus ojos apaciguados y piensas en lo que tienes que hacer. Mueves tus piernas y en un sólo impulso te levantas de tu lecho y caminas hasta donde se encuentra tu despertador, el anunciante incómodo de la realidad, lo apagas y, casi de reojo, notas que lleva un par de horas sonando y tú, en tu profundo sopor, sabes que se te ha hecho tarde.  Te desnudas; abres la llave del agua caliente; esperas a que salga vapor e introduces, con prisa, tu ser en la lluvia hirviendo.
“No tengo mucho tiempo”, piensas a cada segundo que pasa, “no tengo tiempo que perder”. Ella se irá si tú llegas un minuto tarde, simplemente, no puedes permitirlo.
Poco a poco el agua caliente comienza a escasear y una enorme angustia comienza a llenar tu torrente sanguíneo: !No has terminado ni de enjabonarte! El agua del calentador, bien lo sabes, proviene de una cisterna diferente y recuerdas que, desde el día anterior, no has escuchado el ruido que hace la máquina que llena dicha cisterna. Pruebas suerte con la llave del agua fría y ¡tienes éxito! ¡Felicidades! Ahora, siente cómo esas diminutas agujas heladas penetran toda tu espalda; siente cómo te roba la temperatura; siente cómo tu cuerpo hace un gran esfuerzo por conservar la energía para convertirla en calor.
¿Estás loco? No, no lo estás; tan sólo tienes mucha prisa, y ella no te va a esperar.  Con los espasmos respiratorios y con los miembros entumecidos, a todo vapor, logras alcanzar la toalla; apenas si puedes moverte, es muy difícil. Sí. Con tu prisa por verle, no te has dado cuenta, vas a pisar un charco de agua… y caes.
Te despiertas. Una alarma vuelve a sonar; estás desnudo en el baño. Te llevas la mano a la cabeza. De a poco, te incorporas, observas la contusión, negra, de tu frente: “Por suerte no fue tan grave”. Por suerte... Ibas tarde, ahora, vas un día tarde, puedes estar tranquilo, no te preocupes, ella jamás llegó…


***


¿Qué hora es? Siento que he pasado mucho tiempo dormido, y esa alarma no ha dejado de sonar, no recuerdo haberla programado. No recuerdo ni qué día es. La resaca es horrible. Bueno, qué más da. Tengo que apagar ese ruido del infierno, de uno u otro modo, así que no tengo otra salida más que levantarme... ¡ES DEMASIADO TARDE! Tengo que correr, tengo que correr. No puedo ir con este hálito y sudor destilado. Aurora es puntual, jamás llega tarde, ¡me mataría! ¡Ella me mataría! Vamos, vamos, a la ducha. No tengo un segundo que perder… Pronto, pronto, el agua caliente ¿a qué hora va a salir?... ¡Al fin! Vamos, sin ropa, Mateo, ¡sin ropa!
¡¿QUÉ?!...¡No no no no no!, no puede pasarme esto ahora, se va a ir, y todo por la estúpida borrachera de anoche. Se te hizo fácil, Mateo, se te hizo fácil. ¿¡Por qué no sale más agua caliente!?... La estúpida bomba… desde ayer que no se llena la cisterna, ¡maldita sea! No tengo otro remedio que bañarme con agua fría… ¡Brrrr! No pensé que fuera a estar tan helada, no tengo otra solución. ¡Necesito estar allí cuanto antes! Adiós jabón.
Vamos, vamos, la toalla, Mateo, la toalla. Apenas si me puedo mover; tengo la sangre congelada. Ya sólo me visto rápido y ¡podré partir para verla! ¿Dónde dejé mis calzones?, vamos, Mateo, los calzóooo…
¿Cómo, otra vez la alarma?, ¿qué no la había ya apagado? ¿Por qué me duele tanto la cabeza? Seguro es la resaca… ¡Maldita resaca!...¡Maldita sea, ¿qué carajos hago desnudo en el baño?! Vamos, vamos, el espejo, Mateo, el espejo… ¡qué chingadazo te metiste, Mateo! No debió pasar mucho tiempo desde que caí, seguro unos minutos en lo que mi sistema se reiniciaba… El teléfono, Mateo; la alarma, Mateo. Seguro ya es tardísimo y ella ya se fue…
¡Chingao, ya es mañana!


***


Mateo se fue de fiesta ayer. Y mientras va recuperando la conciencia, gracias a su despertador que no ha dejado de sonar, un pensamiento le dice que ya va tarde a su cita con Aurora. Se espabila, atónito, después de corroborar su pensamiento con la hora que le dio su teléfono celular. Se le ha hecho tarde. “Aurora es puntual, jamás llega tarde” dice en voz alta Mateo mientras se apura a desnudarse para meterse a la regadera, “¡me mataría! ¡Ella me mataría!”. Todo él apesta a alcohol, y lo sabe; no puede ir con Aurora oliendo a ese tufo, ni él mismo se aguanta.
Se apresura a abrir la llave del agua caliente; de la regadera comienza a salir un poco de vapor. Se introduce y comienza a enjabonarse. De la nada, deja de caer el líquido ardiente. Mateo está muy preocupado, y recuerda que no ha sonado la bomba de la cisterna desde hace un día. Y efectivamente, la cisterna, de donde se abastece el boiler, está vacía. Mateo prueba suerte girando la llave del agua fría, y un flujo helado le cubre todo el cuerpo. Comienza a tiritar, ya le falta poco para terminar de bañarse: aún le queda jabón en la entrepierna y en los sobacos... Al fin, termina. Tembloroso, mueve su brazo en dirección de su toalla, la busca con efusividad; su mano, morada, se asoma por la cortina, y toma el lienzo con avidez. Mientras seca su cabello, va buscando sus calzones; la toalla en su rostro, le impide ver que está a punto de pisar un charco, que se ha formado gracias al escurrimiento del agua por la cortina que quedó fuera de la regadera. Mateo resbala, y el baño retumba con un golpe seco: su cabeza se detiene en el escusado. Todo son tinieblas. No sueña nada.
Mientras que Mateo yacía inconsciente en el baño, Aurora decidió —sin avisar—, no darle la oportunidad prometida, y no asistió a la hora, ni al lugar pactado.

Al día siguiente, todo parecía como un déjà vu, se sentía desconcertado: una incógnita le retumbaba en la cabeza. Poco a poco recobró fuerzas; el dolor de la cabeza no se había ido y culpó a la borrachera por ello. Pudo separar los párpados, y fue ahí cuando se dio cuenta de su desventura: se encontraba en el baño, desnudo y con una contusión, del tamaño de una manzana, en la frente. Se levantó del suelo y buscó el espejo; su rostro reflejado le devolvió una mirada llena de amargura y dolor. Por suerte, sólo fue el golpe, y ese golpe ahora era su única compañía. Apretó los puños, resopló por la nariz, y supo que la había perdido para siempre...