Todos los lunes le veía: pasaba por él, comían juntos, caminaban por la calle, y se detenían en su heladería favorita. Pasaban las horas, el helado se derretía, y ellos apenas si notaban el cielo oscurecer. Terminaban siempre con un caldo espeso de leche y un cono aguado, entre las manos, les anunciaba que era hora de regresar a casa. Salían de la heladería, miraban al exterior y decidían qué camino tomarían; no tenían muchas opciones: izquierda o derecha. Ambos caminos los llevarían al mismo sitio. Se perdían entre el laberinto de edificios a medio terminar; doblaban por las esquinas, cambiaban de banqueta, y todo siempre tomados de la mano. Le gustaba la sensación que le transmitía su mano sujetando la de él, era suave y pequeña en comparación.
Los miércoles le veía de nuevo. También comían juntos, caminaban por la calle hasta la fonda en donde comían en tres tiempos: sopa aguada, arroz, y ensalada y milanesas de pollo; él le llamaba: pechugas empanizadas. La primera vez que comieron ahí, esa discrepancia en el lenguaje le causó conflicto mental. Comían el arroz con la cuchara, nunca con el tenedor. Jamás había entendido por qué la gente come el arroz con el tenedor… era como criticar a los chinos y japoneses por comer con palillos. Todo un misterio de la tradición… siempre comían como en casa. Él no conocía mucho sobre los platillos de la comida mexicana, no comía picante —ni una gota—, por eso siempre pedía arroz y pechugas empanizadas. Cuando terminaban de comer, emprendían el camino a casa, y se metían a la cama a mirar dos o tres películas; merendaban, reían y leían sus cuentos favoritos, hasta que él se quedaba dormido.
Y así, todos los lunes y miércoles de cada semana desde hacía ya más de cinco meses. En el transcurso, hubo pequeñas variaciones en su día a día, alguien de los dos se enfermaba, tenía que ir a trabajar y no podían estar mucho tiempo juntos. Aún así, no había momento en el que no le llevase en el pensamiento, ni un solo segundo, ni uno solo. Se le quebraba en astillas el corazón si no le veía. Había una luz en él, y su reflejo le iluminaba el rostro y el alma; su sonrisa cautivaba a cualquiera. ¡Tantas cosas amaba de él, y cuántas cosas descubrían! Todos los días que pasaban juntos aprendía algo nuevo de él y le sorprendía que, cada vez que lo veía de nuevo, siempre traía una nueva palabra que había aprendido o tenía alguna nueva historia que contar.
Uno de tantos miércoles fueron a caminar al parque. El cielo era gris y amenazante. El viento comenzó a soplar con furia, les despeinó; las hojas de los árboles se desprendían, de un modo augurante, y las banquetas se tapizaron de tonos naranjas y ramitas muertas —él levantó alguna a modo de espada— que crujían a su paso. Las aves dejaron de cantar, resguardaban a sus polluelos de la violencia aérea. Ese día hubo poca gente en la calle, pues todos se resguardaron ante el inminente nubarrón cargado de agua; algunos corrían hacia la entrada del metro división del norte, aquellos corrían hacia Dr. Vértiz y otros, los más afortunados, tomaban taxi. Pero ellos, a pesar de todo, no desistieron y continuaron su camino hacia el parque.
El mismo viento se llevó su amenaza, las nubes se juntaron en ramos esponjosos, se separaron y la suave brisa, en el horizonte, formó un arcoíris.
Él era feliz en el parque, se le notaba en la sonrisa, ¿por qué no venir cada miércoles?, se preguntaba. Era buena idea, después de todo, el parque no estaba tan lejos de casa, podían ir cada miércoles si así él lo quisiera. Siempre le acompañaría, incluso si se volviera una sombra. ¿Cuántos años pasarían así, juntos?
—¡Espérame! —le gritó— !Hijo, no te sueltes!, espérame. Desde aquí no te alcanzo.
No había nadie más en el parque.
Las hojas bailaban con el viento y dibujaron remolinos entre las irregularidades de los adoquines.
Sus pequeñas manos se soltaron del juego y su caída se detuvo en seco en el adoquín. Una nube de polvo le cubrió por completo. Un grito agonizante surgió, el trueno era débil en comparación. Se detuvo el viento.
La primera gota de lluvia tiñó de escarlata las manos que, cuidadosamente, le levantaron del suelo. La protuberancia en su mandíbula dejaba ver parte de hueso y grasa. Rojo revolcado en tierra. Rojo en su ropa. Rojo en sus manos. Rojo. Su piel desgarrada no soportaba el dolor y lloraba. Lloraba como el cielo.
Ese día tu padre conoció el verdadero terror. Tuvo que contener las lágrimas del miedo que sintió. La soledad te hace pasar malas jugadas cuando te aventuras en terrenos desconocidos. Para él, el tiempo, y el corazón, se congeló cuando te soltaste de la resbaladilla. No pudo reaccionar cuando, tú, ya estabas bocabajo en el piso. Te levantó con sumo cuidado. Te preguntó: “¿Dónde te duele?”. Mientras te revisaba, tú respondiste, con tu dedito tembloroso, señalando el corte en tu mandíbula. Por unos segundos él no supo qué hacer. De inmediato, cuando te señalaste, la sangre comenzó a brotar de tu herida —tuviste la fortuna de que no se desmayara—. Y, luchando contra la parálisis que le atenazó las piernas, respiró hondo, tragándose el llanto, te cargó en sus brazos, y corrió. Trató de parar el sangrado con su mano, sabía que te dolía, pero, de una u otra forma, tenía que detener la lluvia...
Cuadras después, en el médico, no dejó de pensar en tu dolor, en su descuido. Eran sólo los dos.
Cuadras después, en el médico, no dejó de pensar en tu dolor, en su descuido. Eran sólo los dos.
Yo sé qué es lo que piensas, pero no.
Ese día, fue el día más gris.