Querido Barnum

Querido Barnum:

He decidido marcharme del circo. No preguntes por qué, creo que sabes bien la respuesta: Me voy porque no soy feliz. No soy feliz siendo objeto de miradas lascivas y curiosas. No soy feliz porque, a los ojos de los otros, sólo soy un monstruo, un gigante. No soy feliz porque no soporto ver la diatriba que de ellos emerge al contemplarme: me tienen lástima y a la vez sienten horror. Quisiera ser libre, libre de los juicios ignorantes de aquellos que vienen a divertirse —burlarse— a costa mía.
     Ellos no saben, y no sabrán nunca, todo lo que he sufrido a causa de este mal que me aqueja. No saben la dificultad que es para mí el comer, vaya, ¡no puedo ni atar yo solo mis zapatos! Esto, para mí, no es vida. 
    Deseo dejar de ser un «freak». Has de saber que siempre tengo el mismo sueño: soy un niño y puedo correr; puedo brincar y mis intentos por alcanzar el aldabón de las puertas son siempre infructíferos pero, el no alcanzarlos, me llena de felicidad. Cuando despierto, aquella felicidad me abandona y regresa, así como mi altura, esa envidia que me corroe por los enanos.
    Sé muy bien que estoy considerado como un «objeto» de circo, pero no lo soy. Ya hasta en los periódicos soy un animal «el hombre jirafa», ¿puedes creerlo? Pero no, soy un hombre, un hombre que, como todos en este planeta, tiene anhelos y aspiraciones y, de nuevo, quiero que lo sepas bien: soy un hombre infeliz. A pesar de todo el apoyo que me brindaste, creo que, lo que más me ha dado satisfacción, ha sido la recompensa monetaria. Sí, el dinero. Nunca antes había obtenido más que burlas y rechazos por lo que soy pero, ahora que he descubierto que mi malformación puede tener una remuneración bastante más lucrativa —seguramente tú lo supiste desde el momento en que me viste—, he decidido emprender este camino solo, lejos del circo.
    Has de saber que, hace un par de semanas, he recibido una carta de parte de sus Majestades Británicas. En ella, me extienden la atenta invitación a visitarlos —ambos sabemos que quieren calmar su sed de curiosidad—, y bueno, pues, he aceptado. Claro, no sin antes hacerles saber todos los detalles y cuidados que debo tener para poder realizar el viaje y, además, la cantidad de dinero que se requiere para cubrir dichos gastos —vaya que fue una cantidad de más de nueve cifras—. Después, iré a México. 
     Barnum, te agradezco con todo mi corazón lo que haz hecho por mí todo este tiempo, y también agradezco lo que haz logrado despertar en mí: dentro, aún vive un niño que se deslumbra por el brillo del oro.
Deséame suerte, por favor.
Hasta nunca.
Tu siempre fiel y querido,

Ores.



P.D.: Siempre odié el olor a león enjaulado de tu circo.