—!Señor, señor! —gritaba el guardia de la estación. Corría presuroso tras un individuo de apariencia sospechosa— ¡Deténgase, no puede portar eso aquí!
—¿Me habla a mí? —el individuo sospechoso se gira un tanto incrédulo— ¿Qué desea?
—Sr., es que ¿acaso es sordo? Le estoy llamando desde que entró al subterráneo. ¡Casi vomito los pulmones! —el guardia reposa un momento para recuperar el aliento, y continúa en tono severo—: Está infringiendo la ley.
—¿Cómo, cuál ley?
—¡La nueva ley! ¿En qué mundo vive?, ¿no sabe acerca de la nueva ley?
— No, disculpe usted. No sé a qué se refiere con la «nueva ley».
—A ver, le explico: acaba de entrar en vigor una nueva ley, en la que se prohíbe estrictamente portar eso en el metro —dijo el guardia, mientras señalaba con la mirada.
— Discúlpeme, oficial, realmente no entiendo a qué se refiere. ¿Mis pantalones son demasiado grandes?, ¿la mochila?, ¿mis zapatos?, ¿el bigote, la barba?
—Señor. ¡ESO! — dijo al mismo momento en el que señalaba con el dedo huesudo de su mano derecha— Eso, señor, no puede usted traerlo aquí. Es como en los bancos. Ahora también en el metro está prohibido. Es por cuestiones de seguridad.
»Últimamente ha habido una ola de asaltos; se cree que operan en grupos y ha coincidido que el que lleva a cabo la operación lleva eso encima. Solo que, entre la multitud, siempre se nos escapa. No han logrado capturar al «cabecilla», ¿sabe?
—¡Oh, vaya! Pues qué sorpresa me ha dado. He de confesar que no sabía nada al respecto. No tenía idea de que ahora no está permitido usarlos en el transporte.
—Pues, ahora que ya lo sabe, haga usted el favor de retirarlo. Si no, lo tendré que remitir por incumplir la ley y, además, por resistirse.
—Oiga, es que nada más voy a una estación —repeló el usuario.
—He dicho: ¡Que se lo quite! ¿Qué no escuchó?
—Sí, sí. Le digo que nada más viajo una estación.
—¡Que no! —el guardia, muy molesto, comienza a forcejear con el usuario. Es una lucha en vano. El usuario es corpulento y no piensa ceder— ¡Que se lo quite! ¡He dicho!
—¡Que no!, ¡que no! !QUE…! —a tanto movimiento y gritos se le suma la bulla de los metiches circundantes. Con un movimiento, lleno de ira y fuerza, el usuario logra zafarse y, en su huida, tropieza.
—¡Vamos ya! Está usted bajo arresto.
Al momento, cuando el policía se acerca para arrestar al usuario, algo lo distrae: una señora grita despavorida. Pronto el oficial se da cuenta de lo ocurrido: el usuario y él, con el forcejeo, avanzaron hasta unas escaleras cercanas y, al momento de caer, el usuario golpeó su cabeza con el filo de un escalón. Quedando inconsciente y sangrando por el corte profundo. Eso explicaba el grito de la señora que, ahora, yace tirada en el piso.
— ¡Madre mía! ¡Sólo tenía que quitarse el sombrero! ¡Una ambulancia! ¡Llamen a una ambulancia!
Misteriosamente, desde aquel incidente del sombrero, los asaltos dejaron de ocurrir. La nueva ley, ahora está derogada.