Días de Noviembre

«¿Cómo iniciar una historia que quizá no ha comenzado aún?, ¿cómo decir las cosas, y explicarlas tan claro que, tú, lector, lo entiendas todo como si lo estuvieras viviendo? No lo sé. Quizá podría comenzar así»:
Era noviembre... El clima no era el ideal, la mayor parte del día estaba nublado y el sol calentaba el aire grotescamente, algo que yo siempre había odiado. En esos días todo el tiempo estoy de mal humor. Hacía las cosas mediocremente, algo verdaderamente mortal para una persona como yo. ¿Que quién soy?, muy fácil, soy: Francisco. Y una mujer se ha colado en mis pensamientos, en concreto, a mi vida. ¿Cómo llegué a conocerla? no sabría explicarlo. En realidad, fue un suceso extraño. Podría afirmar que ya la conocía desde tiempos muy remotos; en vidas pasadas; o de la forma en la que a todos los humanos les gusta imaginar y tratar de explicar el cómo es que pasan las cosas, dejando por detrás, casi en el olvido, al mismo destino.
     Sí, así fue. El destino fue el que nos unió. Él hizo que, en tan poco tiempo, pensara y analizara todo lo que pasaba en mi ser y en mi interior. Cosas que hacía mucho tiempo no recordaba ya; como el ver perdidamente a los ojos, desaparecer en su interior, contemplando su serenidad; el escuchar ese timbre de voz, que a uno siempre lo cautiva y estupidiza, y,  como magia, te transporta a un lugar tan etéreo, en el cual quieres por siempre descansar de todo, hasta de la vida misma; como si esa misma voz, fueran miles de vocecillas cantando en un lindo coro, todas al unísono. Y, de repente, las escuchas cantar tu nombre. El oler su esencia, que desprende poco a poco al caminar; el olor de su cabello recién lavado… Todo en ella me cautivó, estaba atrapado en mi totalidad y todo lo que haría a partir de ese instante, sería solo y absolutamente para ella, y por ella.
Caminé directamente hacia donde se encontraba. Y ni por un instante mi mirada vaciló. Mis ojos estaban clavados por completo en ese ser. Ella era el objetivo, con ella quería estar en ese momento. Antes de que yo llegara exactamente al punto donde se encontraba reposando, esperando mi llegada, retiré los lentes oscuros que protegían mi vista del sol. «Otro día nublado y caluroso». Me clavé en sus ojos café claro, ¡vaya, qué ojos tan hermosos eran! Ese color siempre me ha gustado en los ojos de las mujeres, pero en ella eran estupendos, casi los de una diosa (si es que acaso existen). Cuando estuve cerca, vi sus pupilas tan dilatadas que, a su vez, reflejaban una gran alegría y me murmuraban al oído: —Tengo años esperándote aquí sentada y tú no te atrevías a llegar por mí—. Obviamente jamás diría eso, pero fue lo que vi reflejado en aquellos ojos.
Su cabello era tan negro... toda la luz que recibía la conservaba para sí, acentuando aún más su belleza natural. «Siempre había soñado con un ser con cabello así; misteriosamente encajaba».
Era de tez blanca, no tan blanca como para dañar mis ojos, pero reflejaba algo y, ese algo, guardaba para sí un secreto. “Quisiera saber cuál. Quizá sea su pasado. La quiero conocer. Saber lo que es ella y lo que fue”, pensé.
E inesperadamente ella adelantó el saludo:
—¡Francisco!— dijo. Y enseguida se levantó para saludarme. Un dulce beso en la mejilla, un abrazo, tan cálido como el mismo mayo. Era tan frágil, temí estrujarla con demasiada fuerza, sentí que se me rompía en los brazos.
—¡Hola!— respondí mientras la abrazaba. Y  enseguida la solté lentamente. Anhelé que ese primer abrazo jamás se me olvidase.
Caminamos por la calle y en el transcurso capte un dulce aroma a tabaco, que se mezclaba con su aroma natural.
—¿Fumas?— dijo, volteando a verme lentamente. Noté el cigarro en su mano.
—No— afirmé. Y continúo fumando hasta terminar su pequeño cigarro.
Era la primera vez que la veía en persona y ya estaba tan dentro de mí, en mi cabeza; en mi corazón.
Caminaba a mi lado y me sentí separado por completo del mundo, como si fuéramos las únicas personas que vivieran en este planeta; como si la nada lo fuese todo… «Sí, lo era todo». En ese momento, la nada, se volvió una palabra llena de un misterioso significado, como la palabra: Dios. Uno podría pasar toda la vida tratando de saber qué es lo que “Es”. El saber nada —o casi nada— de ella, me resultaba muy atractivo, y, a su vez, me unía a ella con una fuerza, tan descomunal, que ni los más poderosos imanes en el planeta podrían igualar.
Ya estábamos por llegar al metro. Nos dirigíamos al estudio fotográfico de mi maestro. ¿Que para qué íbamos?... la excusa perfecta para conocernos. Nos encantaba la fotografía  y me ofrecí a retratarla (solo dos simples fotos), para que ella pudiera conseguir un trabajo… Su teléfono comenzó a sonar. Los timbrados se me antojaron como gritos de desesperación. Era su madre: estaba preocupada por ella, no sabía exactamente a dónde se dirigía y, mucho menos, con quién. “No soy una mala persona” pensé o, al menos, ya no lo era. Y no tenía pensado hacerle daño. El hacerlo sería la muerte para mí. Soy incapaz. Después de cerca de 20 minutos de espera, de dar explicaciones y una gran serie de bla bla blas, y un “sí, aja…” apareció una palabra que confirmaría todo:
—Sí. Él ya sabe que voy con él— dijo casi inaudible.
¿Él? ¡Oh, ella estaba con alguien más! ¡Ella tenía a alguien, y ese alguien estaba en lo más profundo de su corazón! Y en ese instante quise saber más…
Sentados, dentro de el vagón, continuamos con nuestra plática. Sostenía el celular con la mano derecha. Extendí mi mano para tomar su celular, pero sorpresivamente, descansó su mano en la mía. Su mano izquierda en mi mano derecha y, muy lento, se entrelazaron. Cada dedo embonaba perfectamente en la mano del otro, como si  ambas fueran o hubieran sido hechas con el mismo molde. Pero así como se entrelazaron, se separaron rápidamente. ¿Qué diablos pensé en ese momento?... quisiera recordarlo. ¿Por qué la solté, por qué? ¿Teníamos miedo?, creo que sí. Y lo seguiríamos teniendo por un muy buen tiempo.
«Ansiedad». Al fin llegamos al estudio de mi maestro. Dentro, montamos las cosas para poder tomar las fotos… Con un poco de prisa —ya íbamos retrasados más o menos una media hora—, comencé a hacer las pruebas de luz, para que las fotos quedaran excelentes y que fueran las mejores que alguien le pudiera tomar. Durante toda la sesión pasaron algunas cosas que hicieron darme cuenta y reafirmar algunos pensamientos que habían circulado por mi mente: sentir su cabeza reposando en mi hombro; su frágil mano deslizándose por mi cabello alborotado, ese roce creaba una sensación agradable, me recorría toda la piel hasta la punta de mis pies… Contemplarla me erizaba la piel. «Qué sensación tan agradable y única». Miradas y más miradas a lo largo de la tarde-noche. Miradas que guardaban algo, miradas que podía sentir y que me hacían creer que ella era verdaderamente especial… La sesión fotográfica había llegado a su fin. “Unos cuantos retoques a sus fotos y estarían listas” prorrumpió mi maestro Allan. Y, cuando había terminado, dejamos el estudio para dirigirnos de nueva cuenta al metro. Platicábamos de no-sé-qué-cosa, sinceramente, no lo recuerdo ya que, al mirarla, sentía cómo de verdad entendía mi ser, mi tristeza; esa agonía, esas ganas de sentirse vivo; de sentir que uno mueve los pequeños hilos que hacen que los seres invisibles cobren vida. Todo lo que yo era, y lo que deje  de ser. Y era porque, en el fondo, quizá ella se parecía a mí… Mirar su sonrisa: tan perfectamente dibujada en su blanco rostro. Qué tranquilidad, qué… ¡Lo fue todo! Momentáneamente me sentía a su lado pero, a la vez, tan lejos. Estaba tan distante de mí porque ella estaba con alguien más. Lo quería mucho. Estuve completamente seguro de que lo quería y que, por nada en el mundo, no lo cambiaría por estar conmigo. Era muy tonto pensar algo así. Llegar a destruir una historia sin que hubiese llegado aún a su final, o ¿quizá mi llegada sería ese final, que tan dramáticamente había estado esperando? Ciertamente, lo dudo. «Qué mal estás Francisco. ¡Qué mal estás!». Obviamente me encontraba en un error: pensar que alguien, a quien había conocido hace unos días, dejaría todo para estar junto a mí. «Son meras ideas Francisco, y no más que puras ideas, tan absurdas como siempre las has tenido. Aún no la conoces y crees que haría tales cosas». Ilusiones. Creí, por un momento, que en verdad había llegado para mí y solo para mí.
En el transcurso al metro le invite un café. «¡Oh, cómo adoramos el café!». Y seguíamos platicando. Siempre surgía algo nuevo. Parecía que era una plática infinita, deseé que lo fuera, y aún seguía sin conocerla. Había partes de ella, momentos de su vida, que deseaba conocer, sin embargo no me atreví a preguntar. Quería protegerla por siempre de todo lo malo que le pudiese pasar. Estaría ahí cuando quisiera llorar, reír, o simplemente cruzar algunas palabras. En verdad, no importaba para qué me quisiera. Sabía que no me haría daño, no era como las demás… y por eso confiaba en ella. En el metro seguimos charlando. Las cosas se habían estado dando bastante bien. Perfectas. Me volvió a tomar de la mano. Y de repente, sentí su mirada clavada en mis  ojos. ¿Qué veía? Me estaba incomodando. Estaba logrando que me sonrojara. Mi cuerpo pedía a gritos un dulce beso de ella. Habría sido hermoso que eso sucediera, ¿no? Pero, «cobarde», agache la cabeza y mire a otro lado. ¿Qué habría dicho si lo hubiese hecho? “¡Oh, por fin, un asiento vacío!” pensé. Y sin dudarlo, le hice señas de que tomara aquel lugar, para que reposara un poco en lo que llegábamos. Aproveché para aplacar mis nervios y controlar mis disparatados pensamientos. Y así fue. Mi mente pasó por una revolución espontánea. Ideas, sentimientos, sensaciones y deseos, lucharon simultáneamente, pero la cordura y la razón vencieron, para mi fortuna, y pude estar más tranquilo. «Si lo hubiera hecho…». “¡Silencio!”.
Entonces fue cuando recordé que le había preparado un regalo. Quizá no era el mejor regalo que recibía en años, pero se me hizo un lindo detalle para la ocasión: un par de fotografías de nubes que había tomado unos meses atrás. Anexé una pequeña dedicatoria detrás de una de ellas, para que así, con más fuerza, recordara lo que quería expresarle. El plan era que ella viera las fotos sin pensar que fueran para ella... y así resultó. Le extendí un pequeño cuaderno, aquel donde yo hacía anotaciones de pequeños pensamientos, de dibujos, sentimientos, y, mientras lo observaba, notó las fotografías e, instintivamente «como lo haría cualquiera de nosotros», buscó en el reverso de la primera foto. ¡Por supuesto! había pensado que así lo haría, por eso la foto con la dedicatoria la había puesto en segundo lugar. Volvió a revisar el reverso de la segunda foto y ahí se encontró con la sorpresa. Se volvió hacia mí.
—¿Es… para mí?— preguntó con un dulce tono de voz, mientras las pupilas se le dilataban aún más.
       —Sí, es para ti—. Y habiendo dicho esto, continuó leyendo lo que había escrito para ella. Estábamos próximos a la última estación del metro. Me encontraba sentado a su lado, la veía leer mis pensamientos más profundos. Le conté más de mí: por qué el color negro era mi favorito, por qué vestía de ese color y qué significaban algunas cosas que solía dibujar muy a menudo.
Tiempo después, abordamos el segundo camión que nos llevaría un poco más cerca de su hogar. Había acordado acompañarla, ya que era algo tarde y el lugar por donde pasaría no me daba mucha confianza. En el camino, platicamos de sus proyectos y los míos, tanto de carrera como de hobbies. Platicábamos y, a la vez, soñábamos con esas fotos ya realizadas. Soñábamos con los momentos en los que volveríamos a estar juntos, compartiendo tanto de los dos, y todo tan fluido, tan libre como el mismo viento.
Al fin llegamos al lugar donde ella partiría a su hogar. Caminamos un poco más, casi hasta donde se encontraba la siguiente parada de camión, en donde la vería partir.
      —Te vas con cuidado, me mandas mensaje cuando llegues a casa— dijo, mientras me miraba fijamente a los ojos.
     —Sí, tú también— asentí con una sonrisa. Quería besarla, pero preferí un beso en la mejilla y un tierno abrazo, y volví a desear que no desapareciera de mí.
       Hecho esto, nos dispusimos a irnos. Caminé y caminé, tan rápido como pude, para que el deseo no me obligara a verla de espaldas. Para que no me obligara a extrañarla.
¿Qué podía hacer? Los días pasaban y no sabía cómo decirle lo que sentía…  
Nos seguimos viendo. Un día la vi dormida, ¡cómo deseaba estar en la misma cama con ella!, deseaba abrazarla, tenerla entre mis brazos. Otro día tuvimos una conversación tan profunda acerca de los suspiros. Tan profunda, que nos dejó pensando a los dos, ¡por dos días enteros!
Un día cantamos juntos a Daft Punk
       
       “It might not be the right time
       I might not be the right one
        But there's something about us I want to say
        Cause there's something between us anyway

       I might not be the right one
       It might not be the right time
       But there's something about us I've got to do
       Some kind of secret I will share with you

        I need you more than anything in my life
       I want you more than anything in my life
       I'll miss you more than anyone in my life
        I love you more than anyone in my life”

Puede que no sea el momento adecuado…
Me impresiona el poder de las canciones. Cómo nos dicen tanto y ni siquiera tenemos que hablar. «Si así fuera todo... tan fácil como apretar un botón del reproductor de música y cambiar, de un salto, de sentimiento, de sensación. O expresar enteramente lo que sientes». Y de ahí comenzó un intercambio musical, tan lleno de significados, y tan confuso que no sabía si ella sentía lo mismo que yo…
Los días tuvieron acción en nosotros. Cada quien tomó su rumbo. Yo ya sabía algo que ella quería decirme. A decir verdad, era que lo sentía y lo veía, y lo confirmó un día que volvimos a platicar...
       —Francisco— dijo muy seria—, sabes muy bien por qué te espero cada noche; sabes muy bien porque me desvelo platicando contigo...
        Y sí, yo lo sabía. No podía hacer más que asentir con la cabeza a todo lo que me decía. Todo era verdad. Absoluta verdad. La noche era de nosotros. Había sido creada para nosotros. Y ahí estábamos, el uno frente al otro, tan cerca, pero distanciados solo en sustancia, unidos en espíritu y corazón.
       —Es impresionante cómo puedes encontrar a una segunda persona, que te entiende de la misma manera— dijo tan alegre y con un nudo en la garganta.
«“¿Nos percatamos de ese detalle?”». Era su segunda persona. Ese alguien que llegó después. Ese alguien que era especial y que era tomado en cuenta, que era querido, pero no más que el primero, y que nunca llegaría más allá.
«“Mereces todos los colores que mi mente pueda imaginar. ¡Tómalos, son para ti!”».
Me encantaba que suspirara por mí. Verla alzar sus delicados hombros. Escucharla expulsar lentamente ese aire desde el fondo del corazón, me ponía a pensar aún más en lo que yo le hacía sentir.
        —No suspires— dije—. Deberías de escribir qué es lo que piensas cada vez que suspiras. Claro, si es que suspiras por mí.
—¡Claro!— afirmó ella, con una sonrisa en el rostro—. Lo haré y te lo daré, pero no te arrepientas después de lo que pueda decir...
     —No lo haré, ¿cómo crees posible tal cosa? Si lo pido, es porque en verdad lo deseo saber.
—De acuerdo, no digas que no te lo advertí.
—No te preocupes, no cambiará nada. Días después, dudó si me daría lo que había escrito, según ella, era algo muy intenso. Me moría de ganas por saber qué era lo que tenía que decirme. Le comenté que no tenía por qué temer que, pasara lo que pasara, lo aceptaría, ya que yo lo había pedido. —Esto es algo que tal vez nos mate a los dos. —Si, así lo siento. Pero al menos no moriré solo— con un nudo en la garganta acepté la dura realidad. Estoy esperando con muchas ganas que ya sea sábado. Para volver a verla y para leer lo que me tiene que decir. Para mirar una vez más sus ojos y decirle: Te quiero. Te quise desde el momento en que te vi por primera vez, sentada, fumando. Estaré siempre a tu lado, una parte de mí siempre te seguirá a donde quiera que vayas, casi como tu propia sombra, solo que yo estaré hasta en los lugares sin luz. Estaré a tu lado cuando te hagan sufrir. Quizá, algún día, la vida vuelva a dar un tremendo giro y nos permita estar juntos, si es que tu corazón desea lo mismo que el mío. Quiero conocer tus secretos, compartir los míos, y entrar en tu mundo, conocer tu historia. Caminar y descubrirnos poco a poco. Lo que el destino dicte; lo que el destino nos depare. Quizá me confundí. Quizá estoy confundido. Quizá sea el más egoísta del mundo, que solo piensa en lo que siente… Porque pensaste primero en mi antes que en ti. Porque de tu boca salió primero un “me importas”. Y es por eso que quiero saber ¿qué es lo que tu corazón desea decir?… Sábado. Mismo lugar, misma hora. Caminé directamente hacia donde se encontraba. Y ni por un instante mi mirada vaciló. Mis ojos estaban clavados por completo en ese ser. Con ella quería estar en ese momento y, antes de que yo llegara al punto donde se encontraba reposando, esperando mi llegada, retiré los lentes oscuros que protegían mi vista del sol. Me acerqué para contemplar esos ojos de avellana y una bocanada de humo comenzó a inundarme los ojos desnudos; su humo me despertó de este sueño… «Ella era Noviembre».

Blanca

Tu aroma, impregnado en mis ropas, brota espontáneo hacia mi nariz —ya te extraña.
Tu piel —envidia de la perla—, tan tersa, no hay objeto existente que se le compare. Y te toqué. Esos escasos centímetros de ti, que me permitiste saborear, los llevo fundidos en la yema de los dedos; y me dijiste que toda eras así. Pero, lo que no sabes, o sí, es que, a pesar de haber rozado tan solo el dorso de tu pálida mano, pude recorrer hasta el último recoveco de tu ser. Estuve allí, y en todas partes. Fuiste mía una vez más.
Ansiaba el tacto de tu piel, ¡oh, blanca! Mi delirio es.

Y me quedé en ti. Esa noche me volví luz, y llegué hasta donde mis manos deseaban estar...

Lluvia

Deseé la lluvia en invierno; ayer, vino a mí. 
    Y, cuando te busco, el cielo se nubla. 
   ¡Oh, lluvia!, la sed me devora, y yo ahogado en desesperanza. Ignorado, pues, por tus aguas. Fue mi alimento...
 El céfiro de tu mirada, indiferente, resquebraja toda mi certidumbre. Mas yo te contemplo; mis ojos rojos: mar.
  Un ave muerta dejo tras de mí. Y un cuervo halla cobijo en tu regazo.  
  Mi dulce y fría madrugada.

El misterio de tu nombre

Y tú, ahí, en cada noche estrellada, en cada rostro, en todos mis parpadeos.
   Porque nunca dejé de quererte, cada día saboreaba tu ausencia; porque nunca dejé de buscar la calidez de esos ojos; única. Y te extraño sin saber que te extraño.
    Y te quiero.
    Tú, gracia; tú, misericordia; tú, compasión.
   Te extraño desde siempre... Mas me alejo, ¡oh, tú, coronada en laureles!, pues me pierdo y vivo sin juez. Mis raíces cimentadas están. Mi palpitar, como paloma, te corona.
   Y es a ti a quien siempre he buscado en la oscuridad de la noche; presente estás, porque te llevaste todo. Brillas.
   Y, si hablo, no es más que para llamarte a mí.    
   El significado de tu nombre no es un misterio.

El día más gris



Todos los lunes le veía: pasaba por él, comían juntos, caminaban por la calle, y se detenían en su heladería favorita. Pasaban las horas, el helado se derretía, y ellos apenas si notaban el cielo oscurecer. Terminaban siempre con un caldo espeso de leche y un cono aguado, entre las manos, les anunciaba que era hora de regresar a casa. Salían de la heladería, miraban al exterior y decidían qué camino tomarían; no tenían muchas opciones: izquierda o derecha. Ambos caminos los llevarían al mismo sitio. Se perdían entre el laberinto de edificios a medio terminar; doblaban por las esquinas, cambiaban de banqueta, y todo siempre tomados de la mano. Le gustaba la sensación que le transmitía su mano sujetando la de él, era suave y pequeña en comparación.
Los miércoles le veía de nuevo. También comían juntos, caminaban por la calle hasta la fonda en donde comían en tres tiempos: sopa aguada, arroz, y ensalada y milanesas de pollo; él le llamaba: pechugas empanizadas. La primera vez que comieron ahí, esa discrepancia en el lenguaje le causó conflicto mental. Comían el arroz con la cuchara, nunca con el tenedor. Jamás había entendido por qué la gente come el arroz con el tenedor… era como criticar a los chinos y japoneses por comer con palillos. Todo un misterio de la tradición… siempre comían como en casa. Él no conocía mucho sobre los platillos de la comida mexicana, no comía picante —ni una gota—, por eso siempre pedía arroz y pechugas empanizadas. Cuando terminaban de comer, emprendían el camino a casa, y se metían a la cama a mirar dos o tres películas; merendaban, reían y leían sus cuentos favoritos, hasta que él se quedaba dormido.
Y así, todos los lunes y miércoles de cada semana desde hacía ya más de cinco meses. En el transcurso, hubo pequeñas variaciones en su día a día, alguien de los dos se enfermaba, tenía que ir a trabajar y no podían estar mucho tiempo juntos. Aún así, no había momento en el que no le llevase en el pensamiento, ni un solo segundo, ni uno solo. Se le quebraba en astillas el corazón si no le veía. Había una luz en él, y su reflejo le iluminaba el rostro y el alma; su sonrisa cautivaba a cualquiera. ¡Tantas cosas amaba de él, y cuántas cosas descubrían! Todos los días que pasaban juntos aprendía algo nuevo de él y le sorprendía que, cada vez que lo veía de nuevo, siempre traía una nueva palabra que había aprendido o tenía alguna nueva historia que contar.
Uno de tantos miércoles fueron a caminar al parque. El cielo era gris y amenazante. El viento comenzó a soplar con furia, les despeinó; las hojas de los árboles se desprendían, de un modo augurante, y las banquetas se tapizaron de tonos naranjas y ramitas muertas —él levantó alguna a modo de espada— que crujían a su paso. Las aves dejaron de cantar, resguardaban a sus polluelos de la violencia aérea. Ese día hubo poca gente en la calle, pues todos se resguardaron ante el inminente nubarrón cargado de agua; algunos corrían hacia la entrada del metro división del norte, aquellos corrían hacia Dr. Vértiz y otros, los más afortunados, tomaban taxi. Pero ellos, a pesar de todo, no desistieron y continuaron su camino hacia el parque.
El mismo viento se llevó su amenaza, las nubes se juntaron en ramos esponjosos, se separaron y la suave brisa, en el horizonte, formó un arcoíris.
Él era feliz en el parque, se le notaba en la sonrisa, ¿por qué no venir cada miércoles?, se preguntaba. Era buena idea, después de todo, el parque no estaba tan lejos de casa, podían ir cada miércoles si así él lo quisiera. Siempre le acompañaría, incluso si se volviera una sombra. ¿Cuántos años pasarían así, juntos?
—¡Espérame! —le gritó— !Hijo, no te sueltes!, espérame. Desde aquí no te alcanzo.
No había nadie más en el parque.
Las hojas bailaban con el viento y dibujaron remolinos entre las irregularidades de los adoquines.
Sus pequeñas manos se soltaron del juego y su caída se detuvo en seco en el adoquín. Una nube de polvo le cubrió por completo. Un grito agonizante surgió, el trueno era débil en comparación. Se detuvo el viento.
La primera gota de lluvia tiñó de escarlata las manos que, cuidadosamente, le levantaron del suelo. La protuberancia en su mandíbula dejaba ver parte de hueso y grasa. Rojo revolcado en tierra. Rojo en su ropa. Rojo en sus manos. Rojo. Su piel desgarrada no soportaba el dolor y lloraba. Lloraba como el cielo.
Ese día tu padre conoció el verdadero terror. Tuvo que contener las lágrimas del miedo que sintió. La soledad te hace pasar malas jugadas cuando te aventuras en terrenos desconocidos. Para él, el tiempo, y el corazón, se congeló cuando te soltaste de la resbaladilla. No pudo reaccionar cuando, tú, ya estabas bocabajo en el piso. Te levantó con sumo cuidado. Te preguntó: “¿Dónde te duele?”. Mientras te revisaba, tú respondiste, con tu dedito tembloroso, señalando el corte en tu mandíbula. Por unos segundos él no supo qué hacer. De inmediato, cuando te señalaste, la sangre comenzó a brotar de tu herida —tuviste la fortuna de que no se desmayara—. Y, luchando contra la parálisis que le atenazó las piernas, respiró hondo, tragándose el llanto, te cargó en sus brazos, y corrió. Trató de parar el sangrado con su mano, sabía que te dolía, pero, de una u otra forma, tenía que detener la lluvia...
Cuadras después, en el médico, no dejó de pensar en tu dolor, en su descuido. Eran sólo los dos.
Yo sé qué es lo que piensas, pero no.

Ese día, fue el día más gris.

Querido Barnum

Querido Barnum:

He decidido marcharme del circo. No preguntes por qué, creo que sabes bien la respuesta: Me voy porque no soy feliz. No soy feliz siendo objeto de miradas lascivas y curiosas. No soy feliz porque, a los ojos de los otros, sólo soy un monstruo, un gigante. No soy feliz porque no soporto ver la diatriba que de ellos emerge al contemplarme: me tienen lástima y a la vez sienten horror. Quisiera ser libre, libre de los juicios ignorantes de aquellos que vienen a divertirse —burlarse— a costa mía.
     Ellos no saben, y no sabrán nunca, todo lo que he sufrido a causa de este mal que me aqueja. No saben la dificultad que es para mí el comer, vaya, ¡no puedo ni atar yo solo mis zapatos! Esto, para mí, no es vida. 
    Deseo dejar de ser un «freak». Has de saber que siempre tengo el mismo sueño: soy un niño y puedo correr; puedo brincar y mis intentos por alcanzar el aldabón de las puertas son siempre infructíferos pero, el no alcanzarlos, me llena de felicidad. Cuando despierto, aquella felicidad me abandona y regresa, así como mi altura, esa envidia que me corroe por los enanos.
    Sé muy bien que estoy considerado como un «objeto» de circo, pero no lo soy. Ya hasta en los periódicos soy un animal «el hombre jirafa», ¿puedes creerlo? Pero no, soy un hombre, un hombre que, como todos en este planeta, tiene anhelos y aspiraciones y, de nuevo, quiero que lo sepas bien: soy un hombre infeliz. A pesar de todo el apoyo que me brindaste, creo que, lo que más me ha dado satisfacción, ha sido la recompensa monetaria. Sí, el dinero. Nunca antes había obtenido más que burlas y rechazos por lo que soy pero, ahora que he descubierto que mi malformación puede tener una remuneración bastante más lucrativa —seguramente tú lo supiste desde el momento en que me viste—, he decidido emprender este camino solo, lejos del circo.
    Has de saber que, hace un par de semanas, he recibido una carta de parte de sus Majestades Británicas. En ella, me extienden la atenta invitación a visitarlos —ambos sabemos que quieren calmar su sed de curiosidad—, y bueno, pues, he aceptado. Claro, no sin antes hacerles saber todos los detalles y cuidados que debo tener para poder realizar el viaje y, además, la cantidad de dinero que se requiere para cubrir dichos gastos —vaya que fue una cantidad de más de nueve cifras—. Después, iré a México. 
     Barnum, te agradezco con todo mi corazón lo que haz hecho por mí todo este tiempo, y también agradezco lo que haz logrado despertar en mí: dentro, aún vive un niño que se deslumbra por el brillo del oro.
Deséame suerte, por favor.
Hasta nunca.
Tu siempre fiel y querido,

Ores.



P.D.: Siempre odié el olor a león enjaulado de tu circo.

La nueva ley

—!Señor, señor! —gritaba el guardia de la estación. Corría presuroso tras un individuo de apariencia sospechosa— ¡Deténgase, no puede portar eso aquí!
—¿Me habla a mí? —el individuo sospechoso se gira un tanto incrédulo— ¿Qué desea?
—Sr., es que ¿acaso es sordo? Le estoy llamando desde que entró al subterráneo. ¡Casi vomito los pulmones! —el guardia reposa un momento para recuperar el aliento, y continúa en tono severo—: Está infringiendo la ley.
—¿Cómo, cuál ley?      
—¡La nueva ley! ¿En qué mundo vive?, ¿no sabe acerca de la nueva ley?
— No, disculpe usted. No sé a qué se refiere con la «nueva ley».
—A ver, le explico: acaba de entrar en vigor una nueva ley, en la que se prohíbe estrictamente portar eso en el metro —dijo el guardia, mientras señalaba con la mirada.
— Discúlpeme, oficial, realmente no entiendo a qué se refiere. ¿Mis pantalones son demasiado grandes?, ¿la mochila?, ¿mis zapatos?, ¿el bigote, la barba?
—Señor. ¡ESO! — dijo al mismo momento en el que señalaba con el dedo huesudo de su mano derecha— Eso, señor, no puede usted traerlo aquí. Es como en los bancos. Ahora también en el metro está prohibido. Es por cuestiones de seguridad.
»Últimamente ha habido una ola de asaltos; se cree que operan en grupos y ha coincidido que el que lleva a cabo la operación  lleva eso encima. Solo que, entre la multitud, siempre se nos escapa. No han logrado capturar al «cabecilla», ¿sabe?
—¡Oh, vaya! Pues qué sorpresa me ha dado. He de confesar que no sabía nada al respecto. No tenía idea de que ahora no está permitido usarlos en el transporte.
—Pues, ahora que ya lo sabe, haga usted el favor de retirarlo. Si no, lo tendré que remitir por incumplir la ley y, además, por resistirse.
—Oiga, es que nada más voy a una estación —repeló el usuario.
—He dicho: ¡Que se lo quite! ¿Qué no escuchó?
—Sí, sí. Le digo que nada más viajo una estación.
—¡Que no! —el guardia, muy molesto, comienza a forcejear con el usuario. Es una lucha en vano. El usuario es corpulento y no piensa ceder— ¡Que se lo quite! ¡He dicho!
—¡Que no!, ¡que no! !QUE…! —a tanto movimiento y gritos se le suma la bulla de los metiches circundantes. Con un movimiento, lleno de ira y fuerza, el usuario logra zafarse y, en su huida, tropieza.
—¡Vamos ya! Está usted bajo arresto.
Al momento, cuando el policía se acerca para arrestar al usuario, algo lo distrae: una señora grita despavorida. Pronto el oficial se da cuenta de lo ocurrido: el usuario y él, con el forcejeo, avanzaron hasta unas escaleras cercanas y, al momento de caer, el usuario golpeó su cabeza con el filo de un escalón. Quedando inconsciente y sangrando por el corte profundo. Eso explicaba el grito de la señora que, ahora, yace tirada en el piso.
— ¡Madre mía! ¡Sólo tenía que quitarse el sombrero! ¡Una ambulancia! ¡Llamen a una ambulancia!

Misteriosamente, desde aquel incidente del sombrero, los asaltos dejaron de ocurrir. La nueva ley, ahora está derogada.