NO SONRÍAS: SE ESCAPA EL ALMA ENTRE LOS DIENTES

Las vetas de mármol
ahogan y resquebrajan
a pedazos.
Podrán robar
el brillo en los ojos,
seguir ahí
en las notas mal tocadas,
en cada pistilo que se pierde
y se vuelve polvo
que tropieza en pestañas.
Convertirse en arroyo
de tormentas en junio,
en jilguero
que canta al alba,
en mar
estrepitoso
que amenaza borrar la tierra,
nubarrón matutino o
un arcoíris momentáneo…
Y ni así,
ni así,
podrán quitarme el recuerdo
ni el alma.

Seudónimos y Seudomuertos

«¿Pero qué cosa es lo que acabo de ver?», es la pregunta que no deja de atacar a mi pobre y cansada mente. Aún y cuando ya han pasado días de haber presenciado la nueva ficción (/puesta en escena) de Nora Coss. Y es que, como le dije al terminar de ver la presentación: «Creo que la catarsis va a tardar en llegar... ¡No sé ni qué decir! He reído muchísimo, pero la forma en que dices las cosas…», sí, la forma en que manejó todo fue sublime. No encuentro otra mejor palabra que se adecue al sentimiento que me hizo presa esa noche. Y, al menos en mí, ya se convirtió en un factor frecuente al presenciar su trabajo.
   No pretendo desenmarañar su obra tratando de ponerle pies y cabeza o un orden «coherente» a lo que ví, ya que no lo necesita. Por algo el autor que escribe esta ficción lanza la clara y amenazante advertencia: «RESPETEN MI FICCIÓN». Y así lo haré. Aunque he de mencionar que entre más le doy vueltas, más me siento inmerso en ella; más me siento parte de esa «gran ficción», o parte de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción...
   Automáticamente te engancha y te hace prestar atención a cada mínimo detalle. Al estar allí sentado, en el centro del foro, mirando y tratando de comprender qué cosa era lo que estaban haciendo los actores, me embargó el sentimiento de que iba a ser testigo de algo «fuera de serie»... de algo de «teatro contemporáneo». Estas etiquetas le vendrían bien si «Seudónimos y Seudomuertos» fuese cualquier obra de teatro dentro de un cierto canon, pero no lo es, no para mí.
   «Seudónimos y Seudomuertos» es una obra que te sacude y destroza las entrañas, te engaña y se burla de lo que estás sintiendo: De repente me sentía comprendido, acompañado en el duro viaje del escritor; luego, volvía a ser sacudido por los golpes de realidad, tan, pero tan cruda que, a decir verdad, los sentimientos se me hacían bolas en el estómago y se me escapaban por los ojos, o a carcajadas descontroladas; podías ver la luz del barco salvavidas en el inmenso océano del existencialismo y de la nada me regresaba al vació que me hacía dudar acerca de todo lo que había creído que estaba bien pensar.
    Estaba jugando conmigo, con todos. ¿Verdad?, ¿qué habría sentido al ver mis ojos cristalizados por la sorpresa y desconcierto con el que me fui a dormir? El efecto que causa es entrañable y llegó a niveles tan descomunales que logró, simultáneamente, que me sintiera conmovido por la desgracia de un niño desamparado y estallara de risa al escuchar una leve tos…
   Ya, no sé qué más pensar. Creo que tengo que mirar la obra de nuevo, para ayudar a que la catarsis no tarde tanto en aparecer... Estoy seguro de que quien vea «Seudónimos y Seudomuertos» quedará igual de revuelto que yo, este es el efecto sublime del que hablo y del que Nora quería que bebiésemos; el efecto que tanto me hacía falta. Sí, éste es el efecto ¡sí, sí!, así es el teatro, ¡El Verdadero Teatro del Absurdo!

   Gracias, Nora.



Fracasado

Pero ni la cuerda te soporta y se rompe. ¡Claro, ¿qué esperabas de un mecate podrido?! Ni en algo tan insignificante puedes acertar. No lleva meses sino años ahí arriba en la azotea y tú ¿esperas que cargue con el peso de tus culpas, de tus fracasos? Le pides demasiado a la podredumbre.
     Y ahí te encuentras, tirado en medio del cuarto, inconsciente. Te has golpeado tan fuerte la cabeza que, al despertar, la realidad te premiará con un dolor de cabeza insoportable; tan fuerte que te enfadarás contigo mismo por tu ineptitud y, si despiertas, lo volverás a intentar.
     Inconsciente, soñabas con aquellos días en los que tu padre te llevaba al parque a jugar pelota o cuando él te columpiaba tan fuerte y tan alto que tu madre siempre terminaba pálida del susto. Siempre gritabas «¡Más fuerte, papá, más fuerte!». A tu padre le emocionaba ese grito lleno de euforia, se revitalizaba y empujaba con más fuerza, y tú reías y reías. Uno de esos días, con la adrenalina inyectada en las venas, tu padre se excedió tan solo un poquito; señalaste un avión y, con la inercia, saliste volando junto con él. Tu cara fue a dar directo con las piedras de tezontle. Ese día terminaste con un chichón del tamaño de una naranja y con color del higo más maduro que se pudiese encontrar. ¡Sí!, justo como el que ya te has ganado ahorita. Y vuelves a viajar en el tiempo, tendrías ya unos nueve o diez años, y recordaste aquellos días cuando jugabas al fútbol con los niños de la cuadra. Como un relámpago te inunda el recuerdo de aquel penalti que, por cierto, fallaste… le diste al balón con tanta fuerza que tu pie siguió subiendo, junto con el balón, y no se detuvo hasta que tu cabeza dio con el suelo. Tú sólo escuchaste como si hubieran tirado una roca a la pared, seguido de un “¡crack!” y, de repente, nada. Todo fue oscuridad…
     Todo lo que te rodea es oscuridad. Has estado inconsciente más de cinco horas, o ¿durante toda tu vida? Las moscas comienzan a pulular por toda la casa. Seguramente alguien te va a encontrar o no… hoy venía tu hijo a visitarte o ¿no? ¿Cómo le vas a explicar que has perdido el empleo, la casa...? ¿Cómo le vas a explicar que mamá se ha “ido de casa”... o no? ¿Estás seguro que escondiste bien el cuerpo? ¿Estás seguro de que…? Las moscas comienzan a caminar por tu cara y se te meten a la boca, pero tú no lo notas, aún...
     ¡Mira, la luz de la sala rompe con el silencio de la oscuridad!:
     —¡Hijo, hijo! ¿¡Estás bien!? ¡Prometo ya no columpiarte tan fuerte la próxima vez!

La silla

La idea de la visita del pasado me llena de horror. Me hace presa de sus memorias y me funde con el olvido. Sin embargo, siempre vuelve y no puedo evitarlo. Me obliga a mirarle, a escucharle y sentirle. ¿Qué le sucede?, ¿qué se cree? ¡¿Cree que puede regresar, después de casi tres lustros, a desenterrar lo que ya estaba más que petrificado!?
      Seguro eso es lo que sienten —un horror inenarrable— todos los que nacen por cesárea:¡Imaginen que los toman por cuello, los bautizan en sangre, y los apartan del lugar más calentito y cómodo en el que han estado jamás! Y, de repente, los madrean con la realidad... los obligan a abrir los ojos y a respirar y a comer y a cagar en un pañal de plástico con el culo sudado. Y ser entregados a manos ajenas a las de su madre para recibir su primera manoseada de la vida. ¡No teníamos la obligación de hacerlo!... ¿Qué sentirían los muertos si los reanimasen directamente del polvo? 
          Bueno, pues así es mi situación con el pasado. ¿Con qué derecho vienen y me desentierran del presente y me transportan en un túnel exprés a la perdición? No es mi culpa que ellos se hayan quedado atrapados en el tiempo. No es mi culpa que estén empolvados. ¡No es mi culpa, ni siquiera, de que ellos sigan existiendo!
       No lo(s) soporto más y, por obvias razones, ahora mismo, me encuentro con un nudo en la garganta. Mi pie no tardará en resbalar.

El beso



El atardecer era perfecto, no pudo haber sido de otra manera. Las aves cantaban; las nubes y el cielo fulguraban en radiantes tonos naranjas y rojos escarlata. La brizna veraniega era tersa y con su suavidad parecía que, en secreto, me impulsaba poco a poco a tomarla entre mis brazos. E hice caso de del secreto del viento. La tomé y la rodeé con mis brazos y el abrazo congeló el tiempo. Nuestras respiraciones se sincronizaron en un largo suspiro; los latidos de nuestros corazones se engarzaron en un vaivén rítmico sublime y místico, que cualquier melómano se habría enamorado de tan sólo mirarnos. Estábamos consumando, en aquel parque, en donde el día moría excepto nosotros, nuestro amor.
Todas las películas románticas nos acompañan de la mano hasta este preciso instante. ¡Todos sabemos qué es lo que sigue después! No necesito dilatarme más en contarles qué fue lo que pasó, así que: al fin.
¡La besé! Y en el último suspiro, de este agónico acto, su lengua rozó mis labios y su hipnotizante aroma a cebolla me dejó perdidamente enamorado...

Esperanza

Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la cena. Estaba seguro de que la había olvidado en alguna parte dentro del refrigerador; quizá y estaría debajo de las cajas de pizza, pudriéndose junto con las rebanadas sobrantes de hace meses o en el congelador, junto con el helado que mi hijo jamás se comió: creo está ahí desde navidad. Tal vez está en la basura orgánica, que no he tirado en semanas, haciendo amistad con cadáveres de brócoli y corazones de manzana y pera. Pero no, la cena no está ahí. Arriba del refri hay una bolsa con pan de caja... enlamado. 
     Ya vencido, opto por vaciar en un plato las boronas del cereal de aros de colores. Abro el refrigerador y tomo de allí la caja de leche. Destapo el cartón y lo vacío de un sólo golpe sobre el cereal: sólo caen trozos cuajados y pútridos. Su olor nauseabundo inunda mis pulmones y mi estómago termina por llenar el restante del plato... La cena está servida.     Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la esperanza pero ella se fue por la alcantarilla cuando corrí al lavabo a enjuagarme las lágrimas...