NO SONRÍAS: SE ESCAPA EL ALMA ENTRE LOS DIENTES

Las vetas de mármol
ahogan y resquebrajan
a pedazos.
Podrán robar
el brillo en los ojos,
seguir ahí
en las notas mal tocadas,
en cada pistilo que se pierde
y se vuelve polvo
que tropieza en pestañas.
Convertirse en arroyo
de tormentas en junio,
en jilguero
que canta al alba,
en mar
estrepitoso
que amenaza borrar la tierra,
nubarrón matutino o
un arcoíris momentáneo…
Y ni así,
ni así,
podrán quitarme el recuerdo
ni el alma.

Seudónimos y Seudomuertos

«¿Pero qué cosa es lo que acabo de ver?», es la pregunta que no deja de atacar a mi pobre y cansada mente. Aún y cuando ya han pasado días de haber presenciado la nueva ficción (/puesta en escena) de Nora Coss. Y es que, como le dije al terminar de ver la presentación: «Creo que la catarsis va a tardar en llegar... ¡No sé ni qué decir! He reído muchísimo, pero la forma en que dices las cosas…», sí, la forma en que manejó todo fue sublime. No encuentro otra mejor palabra que se adecue al sentimiento que me hizo presa esa noche. Y, al menos en mí, ya se convirtió en un factor frecuente al presenciar su trabajo.
   No pretendo desenmarañar su obra tratando de ponerle pies y cabeza o un orden «coherente» a lo que ví, ya que no lo necesita. Por algo el autor que escribe esta ficción lanza la clara y amenazante advertencia: «RESPETEN MI FICCIÓN». Y así lo haré. Aunque he de mencionar que entre más le doy vueltas, más me siento inmerso en ella; más me siento parte de esa «gran ficción», o parte de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción dentro de la ficción...
   Automáticamente te engancha y te hace prestar atención a cada mínimo detalle. Al estar allí sentado, en el centro del foro, mirando y tratando de comprender qué cosa era lo que estaban haciendo los actores, me embargó el sentimiento de que iba a ser testigo de algo «fuera de serie»... de algo de «teatro contemporáneo». Estas etiquetas le vendrían bien si «Seudónimos y Seudomuertos» fuese cualquier obra de teatro dentro de un cierto canon, pero no lo es, no para mí.
   «Seudónimos y Seudomuertos» es una obra que te sacude y destroza las entrañas, te engaña y se burla de lo que estás sintiendo: De repente me sentía comprendido, acompañado en el duro viaje del escritor; luego, volvía a ser sacudido por los golpes de realidad, tan, pero tan cruda que, a decir verdad, los sentimientos se me hacían bolas en el estómago y se me escapaban por los ojos, o a carcajadas descontroladas; podías ver la luz del barco salvavidas en el inmenso océano del existencialismo y de la nada me regresaba al vació que me hacía dudar acerca de todo lo que había creído que estaba bien pensar.
    Estaba jugando conmigo, con todos. ¿Verdad?, ¿qué habría sentido al ver mis ojos cristalizados por la sorpresa y desconcierto con el que me fui a dormir? El efecto que causa es entrañable y llegó a niveles tan descomunales que logró, simultáneamente, que me sintiera conmovido por la desgracia de un niño desamparado y estallara de risa al escuchar una leve tos…
   Ya, no sé qué más pensar. Creo que tengo que mirar la obra de nuevo, para ayudar a que la catarsis no tarde tanto en aparecer... Estoy seguro de que quien vea «Seudónimos y Seudomuertos» quedará igual de revuelto que yo, este es el efecto sublime del que hablo y del que Nora quería que bebiésemos; el efecto que tanto me hacía falta. Sí, éste es el efecto ¡sí, sí!, así es el teatro, ¡El Verdadero Teatro del Absurdo!

   Gracias, Nora.



Fracasado

Pero ni la cuerda te soporta y se rompe. ¡Claro, ¿qué esperabas de un mecate podrido?! Ni en algo tan insignificante puedes acertar. No lleva meses sino años ahí arriba en la azotea y tú ¿esperas que cargue con el peso de tus culpas, de tus fracasos? Le pides demasiado a la podredumbre.
     Y ahí te encuentras, tirado en medio del cuarto, inconsciente. Te has golpeado tan fuerte la cabeza que, al despertar, la realidad te premiará con un dolor de cabeza insoportable; tan fuerte que te enfadarás contigo mismo por tu ineptitud y, si despiertas, lo volverás a intentar.
     Inconsciente, soñabas con aquellos días en los que tu padre te llevaba al parque a jugar pelota o cuando él te columpiaba tan fuerte y tan alto que tu madre siempre terminaba pálida del susto. Siempre gritabas «¡Más fuerte, papá, más fuerte!». A tu padre le emocionaba ese grito lleno de euforia, se revitalizaba y empujaba con más fuerza, y tú reías y reías. Uno de esos días, con la adrenalina inyectada en las venas, tu padre se excedió tan solo un poquito; señalaste un avión y, con la inercia, saliste volando junto con él. Tu cara fue a dar directo con las piedras de tezontle. Ese día terminaste con un chichón del tamaño de una naranja y con color del higo más maduro que se pudiese encontrar. ¡Sí!, justo como el que ya te has ganado ahorita. Y vuelves a viajar en el tiempo, tendrías ya unos nueve o diez años, y recordaste aquellos días cuando jugabas al fútbol con los niños de la cuadra. Como un relámpago te inunda el recuerdo de aquel penalti que, por cierto, fallaste… le diste al balón con tanta fuerza que tu pie siguió subiendo, junto con el balón, y no se detuvo hasta que tu cabeza dio con el suelo. Tú sólo escuchaste como si hubieran tirado una roca a la pared, seguido de un “¡crack!” y, de repente, nada. Todo fue oscuridad…
     Todo lo que te rodea es oscuridad. Has estado inconsciente más de cinco horas, o ¿durante toda tu vida? Las moscas comienzan a pulular por toda la casa. Seguramente alguien te va a encontrar o no… hoy venía tu hijo a visitarte o ¿no? ¿Cómo le vas a explicar que has perdido el empleo, la casa...? ¿Cómo le vas a explicar que mamá se ha “ido de casa”... o no? ¿Estás seguro que escondiste bien el cuerpo? ¿Estás seguro de que…? Las moscas comienzan a caminar por tu cara y se te meten a la boca, pero tú no lo notas, aún...
     ¡Mira, la luz de la sala rompe con el silencio de la oscuridad!:
     —¡Hijo, hijo! ¿¡Estás bien!? ¡Prometo ya no columpiarte tan fuerte la próxima vez!

La silla

La idea de la visita del pasado me llena de horror. Me hace presa de sus memorias y me funde con el olvido. Sin embargo, siempre vuelve y no puedo evitarlo. Me obliga a mirarle, a escucharle y sentirle. ¿Qué le sucede?, ¿qué se cree? ¡¿Cree que puede regresar, después de casi tres lustros, a desenterrar lo que ya estaba más que petrificado!?
      Seguro eso es lo que sienten —un horror inenarrable— todos los que nacen por cesárea:¡Imaginen que los toman por cuello, los bautizan en sangre, y los apartan del lugar más calentito y cómodo en el que han estado jamás! Y, de repente, los madrean con la realidad... los obligan a abrir los ojos y a respirar y a comer y a cagar en un pañal de plástico con el culo sudado. Y ser entregados a manos ajenas a las de su madre para recibir su primera manoseada de la vida. ¡No teníamos la obligación de hacerlo!... ¿Qué sentirían los muertos si los reanimasen directamente del polvo? 
          Bueno, pues así es mi situación con el pasado. ¿Con qué derecho vienen y me desentierran del presente y me transportan en un túnel exprés a la perdición? No es mi culpa que ellos se hayan quedado atrapados en el tiempo. No es mi culpa que estén empolvados. ¡No es mi culpa, ni siquiera, de que ellos sigan existiendo!
       No lo(s) soporto más y, por obvias razones, ahora mismo, me encuentro con un nudo en la garganta. Mi pie no tardará en resbalar.

El beso



El atardecer era perfecto, no pudo haber sido de otra manera. Las aves cantaban; las nubes y el cielo fulguraban en radiantes tonos naranjas y rojos escarlata. La brizna veraniega era tersa y con su suavidad parecía que, en secreto, me impulsaba poco a poco a tomarla entre mis brazos. E hice caso de del secreto del viento. La tomé y la rodeé con mis brazos y el abrazo congeló el tiempo. Nuestras respiraciones se sincronizaron en un largo suspiro; los latidos de nuestros corazones se engarzaron en un vaivén rítmico sublime y místico, que cualquier melómano se habría enamorado de tan sólo mirarnos. Estábamos consumando, en aquel parque, en donde el día moría excepto nosotros, nuestro amor.
Todas las películas románticas nos acompañan de la mano hasta este preciso instante. ¡Todos sabemos qué es lo que sigue después! No necesito dilatarme más en contarles qué fue lo que pasó, así que: al fin.
¡La besé! Y en el último suspiro, de este agónico acto, su lengua rozó mis labios y su hipnotizante aroma a cebolla me dejó perdidamente enamorado...

Esperanza

Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la cena. Estaba seguro de que la había olvidado en alguna parte dentro del refrigerador; quizá y estaría debajo de las cajas de pizza, pudriéndose junto con las rebanadas sobrantes de hace meses o en el congelador, junto con el helado que mi hijo jamás se comió: creo está ahí desde navidad. Tal vez está en la basura orgánica, que no he tirado en semanas, haciendo amistad con cadáveres de brócoli y corazones de manzana y pera. Pero no, la cena no está ahí. Arriba del refri hay una bolsa con pan de caja... enlamado. 
     Ya vencido, opto por vaciar en un plato las boronas del cereal de aros de colores. Abro el refrigerador y tomo de allí la caja de leche. Destapo el cartón y lo vacío de un sólo golpe sobre el cereal: sólo caen trozos cuajados y pútridos. Su olor nauseabundo inunda mis pulmones y mi estómago termina por llenar el restante del plato... La cena está servida.     Hice mi mejor esfuerzo por encontrar la esperanza pero ella se fue por la alcantarilla cuando corrí al lavabo a enjuagarme las lágrimas...

Ταλασοφοβία

Sabrás cuántas palabras
se gastan al llamarle,
ninguna de ellas tiene eco,
ninguna habla su lenguaje.

Aquí abajo se respira aire negro,
nubla la vista y hace toser;
desde arriba nos mira la luz
de una barca: la promesa.

Nadie habla su lenguaje:
se malinterpreta el "sí",
que deja anclado,
siempre esperando el regreso.

Deja la esperanza a flote,
que nunca llama
que llaga
y que jamás llega.

Y esos ecos entre las olas,
esas, las sombras de los barcos,
que se encuentran en ilusión,
ellas dicen más.

Viene como centro,
absorbe la atención,
la marea juega, lo sabe,
tímida y hace trizas.

Llama y esquiva,
ver y no saber qué ver,
¿hay un secreto?
un eco perdido en el abismo.

El corazón salta del pecho,
pretende la invisibilidad
para protegerse de la gran indiferencia,
para protegerse, siendo ignorante de sí.

Muda, como reloj a media noche,
muda, entre llamadas sin nombre,
siempre muda,
siempre ondeante.

¿Qué hacer?, ¿qué hacer? repiten los ecos.
Necedad corre por las venas,
como río bravo: imparable,
como tormenta que en frío fluye.

Como la luna más grande de febrero,
como el viento que propaga las hojas,
como las nubes en una tarde sin cielo,
oh, ¡cielo... has podido venir!

El frío se rompe en sus rocas;
aquellas tan pardas
donde perece la imagen,
como si fuese la reencarnación
de un espejismo.

De pronto aparece
en zonas prohibidas,
donde el ser no aguanta,
donde lo real pertenece.

Cuando brilla
ilumina este recoveco;
es el mejor vino
que no se puede ingerir.

Subir con la marea
cuando se posa en frente,
¿a propósito?; ojos “acquamarina”
como ofrenda infame.

Se regocija al perderse,
disfruta del agua de sal
y de los mil latidos por segundo
cuando se mueve en el imposible.

Miedo al Mar se llama,
y si se compara al verdadero sentir,
es nada, la más  grande fobia:
el perderse aquí.

Mar: los ojos.
Mar: la piel.
Mar: los cabellos.
Mar: la agónica espera.

Mar negro,
Mar blanco:
ser azul,
azul de miedo.

Morir en lo profundo
del arrecife de su seno,
morir a cada instante
ahogado en un velo.

Arritmia ingrata:
la palabra fracasa,
se hunde cual plomo
en un vacío hostil.

Asfixia al débil corazón,
abruma con sangre el rostro;
el coral retoza y explota:

con calma, Sal y salta al Mar…

Soy Lodo

Yo soy Lodo
que al ser abatido se va deformando,
con cada costra que arranco y cincelo,
le doy vida a una nueva cicatriz;
quien en la infancia creció con lombrices
secándolas al sol,
y las hormigas fueron mi pan.

Soy el color negro
que vive en el centro de tus ojos,
que cuando se alimenta de luz
suele acaparar el esplendor de los colores.

Soy un lobo...
Un Lobo de Soracte, papá.

Entre jueves y domingo
me invade la melancolía,
me saben a café quemado.

Papá, ¿tú sabes por qué nos prohiben llorar?
Hartos,
de uncir nudos
sobre nudos
sobre nudos
y sentirlos
como espinas en la garganta…
sin anhelos
tragamos ese fango,
la vida:
el infinito recuelo.

Y yo —¡de miedo y sangre!—
me ahogo en la bilis
negra y fría
.

Días de Noviembre

«¿Cómo iniciar una historia que quizá no ha comenzado aún?, ¿cómo decir las cosas, y explicarlas tan claro que, tú, lector, lo entiendas todo como si lo estuvieras viviendo? No lo sé. Quizá podría comenzar así»:
Era noviembre... El clima no era el ideal, la mayor parte del día estaba nublado y el sol calentaba el aire grotescamente, algo que yo siempre había odiado. En esos días todo el tiempo estoy de mal humor. Hacía las cosas mediocremente, algo verdaderamente mortal para una persona como yo. ¿Que quién soy?, muy fácil, soy: Francisco. Y una mujer se ha colado en mis pensamientos, en concreto, a mi vida. ¿Cómo llegué a conocerla? no sabría explicarlo. En realidad, fue un suceso extraño. Podría afirmar que ya la conocía desde tiempos muy remotos; en vidas pasadas; o de la forma en la que a todos los humanos les gusta imaginar y tratar de explicar el cómo es que pasan las cosas, dejando por detrás, casi en el olvido, al mismo destino.
     Sí, así fue. El destino fue el que nos unió. Él hizo que, en tan poco tiempo, pensara y analizara todo lo que pasaba en mi ser y en mi interior. Cosas que hacía mucho tiempo no recordaba ya; como el ver perdidamente a los ojos, desaparecer en su interior, contemplando su serenidad; el escuchar ese timbre de voz, que a uno siempre lo cautiva y estupidiza, y,  como magia, te transporta a un lugar tan etéreo, en el cual quieres por siempre descansar de todo, hasta de la vida misma; como si esa misma voz, fueran miles de vocecillas cantando en un lindo coro, todas al unísono. Y, de repente, las escuchas cantar tu nombre. El oler su esencia, que desprende poco a poco al caminar; el olor de su cabello recién lavado… Todo en ella me cautivó, estaba atrapado en mi totalidad y todo lo que haría a partir de ese instante, sería solo y absolutamente para ella, y por ella.
Caminé directamente hacia donde se encontraba. Y ni por un instante mi mirada vaciló. Mis ojos estaban clavados por completo en ese ser. Ella era el objetivo, con ella quería estar en ese momento. Antes de que yo llegara exactamente al punto donde se encontraba reposando, esperando mi llegada, retiré los lentes oscuros que protegían mi vista del sol. «Otro día nublado y caluroso». Me clavé en sus ojos café claro, ¡vaya, qué ojos tan hermosos eran! Ese color siempre me ha gustado en los ojos de las mujeres, pero en ella eran estupendos, casi los de una diosa (si es que acaso existen). Cuando estuve cerca, vi sus pupilas tan dilatadas que, a su vez, reflejaban una gran alegría y me murmuraban al oído: —Tengo años esperándote aquí sentada y tú no te atrevías a llegar por mí—. Obviamente jamás diría eso, pero fue lo que vi reflejado en aquellos ojos.
Su cabello era tan negro... toda la luz que recibía la conservaba para sí, acentuando aún más su belleza natural. «Siempre había soñado con un ser con cabello así; misteriosamente encajaba».
Era de tez blanca, no tan blanca como para dañar mis ojos, pero reflejaba algo y, ese algo, guardaba para sí un secreto. “Quisiera saber cuál. Quizá sea su pasado. La quiero conocer. Saber lo que es ella y lo que fue”, pensé.
E inesperadamente ella adelantó el saludo:
—¡Francisco!— dijo. Y enseguida se levantó para saludarme. Un dulce beso en la mejilla, un abrazo, tan cálido como el mismo mayo. Era tan frágil, temí estrujarla con demasiada fuerza, sentí que se me rompía en los brazos.
—¡Hola!— respondí mientras la abrazaba. Y  enseguida la solté lentamente. Anhelé que ese primer abrazo jamás se me olvidase.
Caminamos por la calle y en el transcurso capte un dulce aroma a tabaco, que se mezclaba con su aroma natural.
—¿Fumas?— dijo, volteando a verme lentamente. Noté el cigarro en su mano.
—No— afirmé. Y continúo fumando hasta terminar su pequeño cigarro.
Era la primera vez que la veía en persona y ya estaba tan dentro de mí, en mi cabeza; en mi corazón.
Caminaba a mi lado y me sentí separado por completo del mundo, como si fuéramos las únicas personas que vivieran en este planeta; como si la nada lo fuese todo… «Sí, lo era todo». En ese momento, la nada, se volvió una palabra llena de un misterioso significado, como la palabra: Dios. Uno podría pasar toda la vida tratando de saber qué es lo que “Es”. El saber nada —o casi nada— de ella, me resultaba muy atractivo, y, a su vez, me unía a ella con una fuerza, tan descomunal, que ni los más poderosos imanes en el planeta podrían igualar.
Ya estábamos por llegar al metro. Nos dirigíamos al estudio fotográfico de mi maestro. ¿Que para qué íbamos?... la excusa perfecta para conocernos. Nos encantaba la fotografía  y me ofrecí a retratarla (solo dos simples fotos), para que ella pudiera conseguir un trabajo… Su teléfono comenzó a sonar. Los timbrados se me antojaron como gritos de desesperación. Era su madre: estaba preocupada por ella, no sabía exactamente a dónde se dirigía y, mucho menos, con quién. “No soy una mala persona” pensé o, al menos, ya no lo era. Y no tenía pensado hacerle daño. El hacerlo sería la muerte para mí. Soy incapaz. Después de cerca de 20 minutos de espera, de dar explicaciones y una gran serie de bla bla blas, y un “sí, aja…” apareció una palabra que confirmaría todo:
—Sí. Él ya sabe que voy con él— dijo casi inaudible.
¿Él? ¡Oh, ella estaba con alguien más! ¡Ella tenía a alguien, y ese alguien estaba en lo más profundo de su corazón! Y en ese instante quise saber más…
Sentados, dentro de el vagón, continuamos con nuestra plática. Sostenía el celular con la mano derecha. Extendí mi mano para tomar su celular, pero sorpresivamente, descansó su mano en la mía. Su mano izquierda en mi mano derecha y, muy lento, se entrelazaron. Cada dedo embonaba perfectamente en la mano del otro, como si  ambas fueran o hubieran sido hechas con el mismo molde. Pero así como se entrelazaron, se separaron rápidamente. ¿Qué diablos pensé en ese momento?... quisiera recordarlo. ¿Por qué la solté, por qué? ¿Teníamos miedo?, creo que sí. Y lo seguiríamos teniendo por un muy buen tiempo.
«Ansiedad». Al fin llegamos al estudio de mi maestro. Dentro, montamos las cosas para poder tomar las fotos… Con un poco de prisa —ya íbamos retrasados más o menos una media hora—, comencé a hacer las pruebas de luz, para que las fotos quedaran excelentes y que fueran las mejores que alguien le pudiera tomar. Durante toda la sesión pasaron algunas cosas que hicieron darme cuenta y reafirmar algunos pensamientos que habían circulado por mi mente: sentir su cabeza reposando en mi hombro; su frágil mano deslizándose por mi cabello alborotado, ese roce creaba una sensación agradable, me recorría toda la piel hasta la punta de mis pies… Contemplarla me erizaba la piel. «Qué sensación tan agradable y única». Miradas y más miradas a lo largo de la tarde-noche. Miradas que guardaban algo, miradas que podía sentir y que me hacían creer que ella era verdaderamente especial… La sesión fotográfica había llegado a su fin. “Unos cuantos retoques a sus fotos y estarían listas” prorrumpió mi maestro Allan. Y, cuando había terminado, dejamos el estudio para dirigirnos de nueva cuenta al metro. Platicábamos de no-sé-qué-cosa, sinceramente, no lo recuerdo ya que, al mirarla, sentía cómo de verdad entendía mi ser, mi tristeza; esa agonía, esas ganas de sentirse vivo; de sentir que uno mueve los pequeños hilos que hacen que los seres invisibles cobren vida. Todo lo que yo era, y lo que deje  de ser. Y era porque, en el fondo, quizá ella se parecía a mí… Mirar su sonrisa: tan perfectamente dibujada en su blanco rostro. Qué tranquilidad, qué… ¡Lo fue todo! Momentáneamente me sentía a su lado pero, a la vez, tan lejos. Estaba tan distante de mí porque ella estaba con alguien más. Lo quería mucho. Estuve completamente seguro de que lo quería y que, por nada en el mundo, no lo cambiaría por estar conmigo. Era muy tonto pensar algo así. Llegar a destruir una historia sin que hubiese llegado aún a su final, o ¿quizá mi llegada sería ese final, que tan dramáticamente había estado esperando? Ciertamente, lo dudo. «Qué mal estás Francisco. ¡Qué mal estás!». Obviamente me encontraba en un error: pensar que alguien, a quien había conocido hace unos días, dejaría todo para estar junto a mí. «Son meras ideas Francisco, y no más que puras ideas, tan absurdas como siempre las has tenido. Aún no la conoces y crees que haría tales cosas». Ilusiones. Creí, por un momento, que en verdad había llegado para mí y solo para mí.
En el transcurso al metro le invite un café. «¡Oh, cómo adoramos el café!». Y seguíamos platicando. Siempre surgía algo nuevo. Parecía que era una plática infinita, deseé que lo fuera, y aún seguía sin conocerla. Había partes de ella, momentos de su vida, que deseaba conocer, sin embargo no me atreví a preguntar. Quería protegerla por siempre de todo lo malo que le pudiese pasar. Estaría ahí cuando quisiera llorar, reír, o simplemente cruzar algunas palabras. En verdad, no importaba para qué me quisiera. Sabía que no me haría daño, no era como las demás… y por eso confiaba en ella. En el metro seguimos charlando. Las cosas se habían estado dando bastante bien. Perfectas. Me volvió a tomar de la mano. Y de repente, sentí su mirada clavada en mis  ojos. ¿Qué veía? Me estaba incomodando. Estaba logrando que me sonrojara. Mi cuerpo pedía a gritos un dulce beso de ella. Habría sido hermoso que eso sucediera, ¿no? Pero, «cobarde», agache la cabeza y mire a otro lado. ¿Qué habría dicho si lo hubiese hecho? “¡Oh, por fin, un asiento vacío!” pensé. Y sin dudarlo, le hice señas de que tomara aquel lugar, para que reposara un poco en lo que llegábamos. Aproveché para aplacar mis nervios y controlar mis disparatados pensamientos. Y así fue. Mi mente pasó por una revolución espontánea. Ideas, sentimientos, sensaciones y deseos, lucharon simultáneamente, pero la cordura y la razón vencieron, para mi fortuna, y pude estar más tranquilo. «Si lo hubiera hecho…». “¡Silencio!”.
Entonces fue cuando recordé que le había preparado un regalo. Quizá no era el mejor regalo que recibía en años, pero se me hizo un lindo detalle para la ocasión: un par de fotografías de nubes que había tomado unos meses atrás. Anexé una pequeña dedicatoria detrás de una de ellas, para que así, con más fuerza, recordara lo que quería expresarle. El plan era que ella viera las fotos sin pensar que fueran para ella... y así resultó. Le extendí un pequeño cuaderno, aquel donde yo hacía anotaciones de pequeños pensamientos, de dibujos, sentimientos, y, mientras lo observaba, notó las fotografías e, instintivamente «como lo haría cualquiera de nosotros», buscó en el reverso de la primera foto. ¡Por supuesto! había pensado que así lo haría, por eso la foto con la dedicatoria la había puesto en segundo lugar. Volvió a revisar el reverso de la segunda foto y ahí se encontró con la sorpresa. Se volvió hacia mí.
—¿Es… para mí?— preguntó con un dulce tono de voz, mientras las pupilas se le dilataban aún más.
       —Sí, es para ti—. Y habiendo dicho esto, continuó leyendo lo que había escrito para ella. Estábamos próximos a la última estación del metro. Me encontraba sentado a su lado, la veía leer mis pensamientos más profundos. Le conté más de mí: por qué el color negro era mi favorito, por qué vestía de ese color y qué significaban algunas cosas que solía dibujar muy a menudo.
Tiempo después, abordamos el segundo camión que nos llevaría un poco más cerca de su hogar. Había acordado acompañarla, ya que era algo tarde y el lugar por donde pasaría no me daba mucha confianza. En el camino, platicamos de sus proyectos y los míos, tanto de carrera como de hobbies. Platicábamos y, a la vez, soñábamos con esas fotos ya realizadas. Soñábamos con los momentos en los que volveríamos a estar juntos, compartiendo tanto de los dos, y todo tan fluido, tan libre como el mismo viento.
Al fin llegamos al lugar donde ella partiría a su hogar. Caminamos un poco más, casi hasta donde se encontraba la siguiente parada de camión, en donde la vería partir.
      —Te vas con cuidado, me mandas mensaje cuando llegues a casa— dijo, mientras me miraba fijamente a los ojos.
     —Sí, tú también— asentí con una sonrisa. Quería besarla, pero preferí un beso en la mejilla y un tierno abrazo, y volví a desear que no desapareciera de mí.
       Hecho esto, nos dispusimos a irnos. Caminé y caminé, tan rápido como pude, para que el deseo no me obligara a verla de espaldas. Para que no me obligara a extrañarla.
¿Qué podía hacer? Los días pasaban y no sabía cómo decirle lo que sentía…  
Nos seguimos viendo. Un día la vi dormida, ¡cómo deseaba estar en la misma cama con ella!, deseaba abrazarla, tenerla entre mis brazos. Otro día tuvimos una conversación tan profunda acerca de los suspiros. Tan profunda, que nos dejó pensando a los dos, ¡por dos días enteros!
Un día cantamos juntos a Daft Punk
       
       “It might not be the right time
       I might not be the right one
        But there's something about us I want to say
        Cause there's something between us anyway

       I might not be the right one
       It might not be the right time
       But there's something about us I've got to do
       Some kind of secret I will share with you

        I need you more than anything in my life
       I want you more than anything in my life
       I'll miss you more than anyone in my life
        I love you more than anyone in my life”

Puede que no sea el momento adecuado…
Me impresiona el poder de las canciones. Cómo nos dicen tanto y ni siquiera tenemos que hablar. «Si así fuera todo... tan fácil como apretar un botón del reproductor de música y cambiar, de un salto, de sentimiento, de sensación. O expresar enteramente lo que sientes». Y de ahí comenzó un intercambio musical, tan lleno de significados, y tan confuso que no sabía si ella sentía lo mismo que yo…
Los días tuvieron acción en nosotros. Cada quien tomó su rumbo. Yo ya sabía algo que ella quería decirme. A decir verdad, era que lo sentía y lo veía, y lo confirmó un día que volvimos a platicar...
       —Francisco— dijo muy seria—, sabes muy bien por qué te espero cada noche; sabes muy bien porque me desvelo platicando contigo...
        Y sí, yo lo sabía. No podía hacer más que asentir con la cabeza a todo lo que me decía. Todo era verdad. Absoluta verdad. La noche era de nosotros. Había sido creada para nosotros. Y ahí estábamos, el uno frente al otro, tan cerca, pero distanciados solo en sustancia, unidos en espíritu y corazón.
       —Es impresionante cómo puedes encontrar a una segunda persona, que te entiende de la misma manera— dijo tan alegre y con un nudo en la garganta.
«“¿Nos percatamos de ese detalle?”». Era su segunda persona. Ese alguien que llegó después. Ese alguien que era especial y que era tomado en cuenta, que era querido, pero no más que el primero, y que nunca llegaría más allá.
«“Mereces todos los colores que mi mente pueda imaginar. ¡Tómalos, son para ti!”».
Me encantaba que suspirara por mí. Verla alzar sus delicados hombros. Escucharla expulsar lentamente ese aire desde el fondo del corazón, me ponía a pensar aún más en lo que yo le hacía sentir.
        —No suspires— dije—. Deberías de escribir qué es lo que piensas cada vez que suspiras. Claro, si es que suspiras por mí.
—¡Claro!— afirmó ella, con una sonrisa en el rostro—. Lo haré y te lo daré, pero no te arrepientas después de lo que pueda decir...
     —No lo haré, ¿cómo crees posible tal cosa? Si lo pido, es porque en verdad lo deseo saber.
—De acuerdo, no digas que no te lo advertí.
—No te preocupes, no cambiará nada. Días después, dudó si me daría lo que había escrito, según ella, era algo muy intenso. Me moría de ganas por saber qué era lo que tenía que decirme. Le comenté que no tenía por qué temer que, pasara lo que pasara, lo aceptaría, ya que yo lo había pedido. —Esto es algo que tal vez nos mate a los dos. —Si, así lo siento. Pero al menos no moriré solo— con un nudo en la garganta acepté la dura realidad. Estoy esperando con muchas ganas que ya sea sábado. Para volver a verla y para leer lo que me tiene que decir. Para mirar una vez más sus ojos y decirle: Te quiero. Te quise desde el momento en que te vi por primera vez, sentada, fumando. Estaré siempre a tu lado, una parte de mí siempre te seguirá a donde quiera que vayas, casi como tu propia sombra, solo que yo estaré hasta en los lugares sin luz. Estaré a tu lado cuando te hagan sufrir. Quizá, algún día, la vida vuelva a dar un tremendo giro y nos permita estar juntos, si es que tu corazón desea lo mismo que el mío. Quiero conocer tus secretos, compartir los míos, y entrar en tu mundo, conocer tu historia. Caminar y descubrirnos poco a poco. Lo que el destino dicte; lo que el destino nos depare. Quizá me confundí. Quizá estoy confundido. Quizá sea el más egoísta del mundo, que solo piensa en lo que siente… Porque pensaste primero en mi antes que en ti. Porque de tu boca salió primero un “me importas”. Y es por eso que quiero saber ¿qué es lo que tu corazón desea decir?… Sábado. Mismo lugar, misma hora. Caminé directamente hacia donde se encontraba. Y ni por un instante mi mirada vaciló. Mis ojos estaban clavados por completo en ese ser. Con ella quería estar en ese momento y, antes de que yo llegara al punto donde se encontraba reposando, esperando mi llegada, retiré los lentes oscuros que protegían mi vista del sol. Me acerqué para contemplar esos ojos de avellana y una bocanada de humo comenzó a inundarme los ojos desnudos; su humo me despertó de este sueño… «Ella era Noviembre».